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¿Qué son los vasos canopos?


Hace unos años me regalaron unas pequeñas estatuillas que representan, a pequeñísima escala, los cuatro vasos canopos de las tumbas egipcias. Estos vasos, realizados normalmente en alabastro -aunque también se han encontrado ejemplos en piedra caliza, barro o cerámica- tenían como función contener las vísceras del difunto, que habían sido retiradas de su cuerpo durante el proceso de momificación, para luego dejarse en la cámara sepulcral. 

En nombre de canopos fue dado de forma errónea por parte de un grupo de arqueólogos, que los asociaron con Kanopos, el piloto de Menelao en la guerra de Troya; se creía que había muerto de forma trágica, siendo enterrado en la ciudad de Kanopus (Abu Qir). En esta ciudad se encontraron jarros con la tapa representando al dios Osiris de manera antropomórfica.

Con el tiempo, las tapas de estos vasos reprodujeron cabezas humanas, y durante el reinado de los Ramésidas (dinastías XIX y XX, 1295 a.C.- 1069 a.C.) representaron a los cuatro hijos de Horus: Qebehsenuf (cabeza de halcón), Duamutef (cabeza de chacal), Hapy (cabeza de mandril) e Imset (cabeza de hombre). En su interior se colocaban, respectivamente, los intestinos, estómago, pulmones e hígado. El corazón se conservaba en el cuerpo del difunto, pues lo necesitaría para pasar el Juicio de Osiris... Los vasos se seguirán fabricando en época romana.

Los hipopótamos egipcios son azules.


Hace unas semanas un amigo me regaló una alfombrilla para el ordenador; no es la primera vez que alguien, al pensar en un detalle para mí, recurre a un tema histórico. En esta ocasión se acordaron de mí en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

El objeto representado en mi nueva alfombrilla de ordenador se llama popularmente William, y es una reproducción de una pequeña estatuilla realizada en fayenza de esmalte azul, con decoración de plantas acuáticas, rememorando las marismas en las que vive el hipopótamo. La pieza original del museo se encontró en la tumba del mayordomo Senbi II, cerca de la moderna Asiut, durante el reinado de Sesostris I, de la XII dinastía; la cronología puede extenderse a su sucesor, dentro del final del s. XX a.C.

La presencia de figuras alusivas a animales sagrados es muy frecuente en el Antiguo Egipto: el carnero de Amón, la vaca de Hathor, el cocodrilo de Sobek, el ibis de Thot, el halcón de Horus, el escarabajo de Sepri,... El hipopótamo fue un animal ambiguo, pues como potencia destructora y peligrosa para los campesinos y pescadores egipcios, se asociaba al caos, a Set, pero representado como hembra se asimilaba a Taweret, una diosa de culto muy popular en el Imperio Nuevo. Esta divinidad tenía cuerpo de hipopótamo, cabellera y lomo de cocodrilo y patas de león: los tres animales considerados protectores de los niños y mujeres (de la misma manera que la hembra protege a sus crías), sobre todo de las embarazadas y parturientas. 

El color azulado de la estatua original, representado perfectamente en mi alfombrilla de ordenador, es un silicato de cobre de calcio: un pigmento artificial usado ya en el 5000 a.C y muy popular en el Imperio Nuevo en estatuas, sarcófagos y la fayenza, muy llamativa por su aspecto exterior vítreo brillante y su acabado suave. El color azul se asociaba en Egipto al cielo, el universo, el agua, y por lo tanto, al Nilo y a la vida. 

Un marcapáginas sagrado...




Hace unos días una alumna viajó a Londres; es decir Londres y rememorar el Museo Británico, de manera que le pedí que me trajera un marcapáginas para mi colección (sí, sí, mi colección). Y esta es la foto del regalo de mi alumna: una representación zoomorfa de la diosa Bastet.

Es bien conocido el reverenciado respeto que los antiguos egipcios tenían por los gatos, deificados a partir del año 2900 a.C, y cuyas momias acompañaron con frecuencia a sus antiguos amos. La diosa gata Bastet era la encargada de mantener la seguridad y la armonía en el hogar, así como de proteger a las embarazadas, en forma de gato doméstico o de representación antropomorfa, como mujer con cabeza de gato, tocado, collar y pendiente dorado. Pero ya se sabe que los gatos son impredecibles, de manera que a veces dejaba relucir su furia para transformarse en Hathor, la diosa leona hija de Ra, con cuya ira castigó a los hombres cuando intentaron acabar con él.

Pero en este marcapáginas encontramos también otros símbolos mitológicos. El collar que lleva este gato está decorado con el wedjat u Ojo de Ra, símbolo sagrado del dios Horus y talismán  que asegura la salud de todo el cuerpo humano. La mitología egipcia lo relacion con la lucha que se desarrolló entre Horus y Seth tras la muerte de Ra, donde Horus perdió su ojo, que fue destruido por su tío Seth; poco después, el sabio Toth lo recompuso mágicamente. ¿Fue su ojos derecho o el izquierdo? No lo sabemos..., aunque el derecho tenía más poder mágico...

Por último, sobre el pecho del gato podemos observar una nueva deidad solar (la tercera, si contamos con el conjunto de Bastet, hija de Ra bajo la advocación de Hathor): un escarabajo alado que curva sus alas, sujetando con las antenas el disco solar. Este insecto representó para los antiguos egipcios el movimiento incesante del sol en el firmamento, a la manera como el animal arrastra y gira su bola de estiércol. Pero es también símbolo de la vida en el más allá, pues el escarabajo pone, antes de morir, sus huevos en esa bola; por eso los escarabajos alados, en forma de pectorales o pequeñas joyas, se encuentran con frecuencia en las tumbas egipcias, muchas veces colocadas en el lugar del corazón, bajo las vendas de la momia.


  • Más sobre los gatos en el Antiguo Egipto en esta entrada del estupendo blog De reyes, dioses y héroes.
  • Sobre la diosa Bastet, aquí.

El ureus.

El ureus aparece en algunas coronas del Antiguo Egipto, una cobra erguida que simbolizaba y protegía al faraón; era también la representación de una de las diosas más antiguas del país, Uadjet, protectora del Bajo Egipto.

Pero, ¿cómo acabó en la frente de los faraones? Por culpa de Ra: cuando descubrió que sus amados hijos Shu y Tefnut se perdieron en la oscuridad primigénea, tras discutir con él, envió a uno de sus ojos, tras darle el nombre de Hathor y el poder de ver en las tinieblas. Gracias a esto, encontró a la pareja divina y los devolvió junto a su padre. Como recompensa, Ra colocó el ojo en su frente y le dio forma de serpiente, poder ante todos sus enemigos y respeto entre los hombres hasta el final del tiempo.

Los egipcios y la creación.

El creador egipcio tiene varios nombres: es Ra, pero también Ra- Atum, Amón- Ra y Ra- Horakthy. Sea como sea, él es el primero en emerger del abismo oscuro y acuático que es Nun. Allá, en lo más profundo y silencioso del caos se encontraba el espíritu del creador...

Unos cuentan que del caos de Nun emergió un monte, igual que Egipto sale de las aguas de la inundación. Este monte fue el primer fragmento de tierra y vida del mundo, y fue allí donde el creador pudo adoptar una forma, y elegió al ave fénix. Su llanto mientras ardía fue el primer sonido que escuchó el mundo.

Otros dicen que ocho criaturas con cabeza de rana y cuerpo de serpiente nadaban por las aguas de Nun. Era la Ogdóada, las deidades pares del Abismo, el Infinito, la Oscuridad y lo Invisible. Formaron entre todos un huevo que empolló el creador. Aunque es cierto que también se cuenta que este Gran Huevo fue cuidado por el Gran Ganso, que lo protegió durante siglos, hasta que salió de él un ave fénix. Cada parte del cascarón roto separó las aguas, produciendo un fragmento de nueva tierra.

Pero también se cuenta que de las aguas nació el Loto Azul, y que cuando se abrió, poco a poco, salió de él un joven dios sentado en su mismísimo centro, luminoso y resplandeciente. Salió de él la luz, que flotó por encima de Nun. Sólo durante la noche, cuando el niño se escondía en el Loto, reaparecía el caos y sus serpientes malignas luchaban constantemente con las fuerzas del Bien.

El creador, sea como sea, se sintió terriblemente solo, y comenzó a pensar, y de cada pensamiento nació una cosa de las que ahora existen, y luego las iba poniendo nombre para que vivieran. Y creó a sus amados hijos, aunque algunos de ellos, más tarde, se rebelarían contra él...

Resultado de la última encuesta (febrero 2012)

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Los dioses egipcios
73 (65%)
Julio Verne
17 (15%)
Botticelli y su Venus
21 (18%)

Votos: 111

Podéis leer el tema elegido pinchando aquí.

Ra castiga a los hombres.

El dios Ra vivía en la tierra como soberano de los seres humanos, y había comenzado a envejecer, y los hombres aprovecharon la situación para preparar una conspiración contra él. Pronto el dios Sol se dio cuenta y llamó a su Divino Ojo, bajo la forma de la diosa Hathor, así como a sus amados hijos Shu, Tefnut, Geb y Nut, que llegaron acompañados de los ocho dioses primordiales de las aguas, la oscuridad, el poder invisible y lo ilimitado. Los juntó a todos y les pedió consejo: ¿qué debía hacer con los hombres? Todos estuvieron pronto de acuerdo: había que destruir a la Humanidad, y la poderosa diosa Hathor fue la elegida para la misión, bajo la forma de la terrible leona Sekhmet.

La diosa- leona mató a muchas personas y caminó orgullosa entre la sangre derramada. Sin embargo, Ra pronto decidió que el castigo ya había sido suficiente; sabedor de que Sekhmet no calmaría así como así su sed de sangre y venganza, decidió distraerla para apartarla de los seres humanos, y ordenó al sacerdote del templo de Heliópolis que hiciera siete mil jarras de cerveza teñida de rojo, que fueron vertidas en el suelo con la apariencia de un inmenso lago de sangre.

Sehkmet se acercó, bebió la cerveza y se emborrachó hasta olvidar por completo que su misión era matar a toda la Humanidad. Dejó su firma leonina y volvió a ser Hathor.

Resultado de la última encuesta (enero 2012)

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Isabel de Osorio.
7 (13%)
Un mito egipcio.
25 (48%)
Una escultura griega.
6 (11%)
Un edificio gótico.
14 (26%)

Votos hasta el momento: 52

Puedes leer el tema más votado aquí.

La constelación de Orión.


Orión fue un gran cazador, tal vez incluso un gigante, pero sí es cierto que muchos apuntan que era el más hermoso de los mortales.

Era hijo de Poseidón y la princesa cretense Euríale, y recibió de su padre el don de poder caminar sobre las aguas; nació en Creta, como nieto de Minos que era. Otros, sin embargo, defienden que su padre fue Hirieo, que había recibido amablemente en su casa a Zeus, Poseidón y Hermes; en agradecimiento a su hospitalidad, le otorgaron su mayor deseo: tener un hijo, que nació mágicamente del pellejo de un buey sacrificado a ellos y enterrado durante diez meses, sobre el que previamente habían ellos orinado.

Se casó con la beocia Side, que acabó en el Infierno como castigo, al afirmar que era más bella que la mismísima Hera. Después, Orión quiso casarse con Mérope, nieta de Dioniso y Ariadna, pero el padre de esta se nagaba a dar su permiso una y otra vez; así, una noche, enfurecido y borracho, Orión entró en las habitaciones de la joven y la violó, siendo cegado como castigo y abandonado en una isla del Egeo. Por ahí vagó largamente, hasta que Hefesto o Helios le curaron su enfermedad.

Dicen que su hermosura le valió que Eos se enamorara de él y lo raptara, aunque dicen que también Ártemis cayó en sus redes... Sea como sea, los dioses dictaron su muerte. Varias son las historias sobre cómo fue asesinado: bien por las flechas de Ártemis (por celos, por orden de los dioses o porque había intentado violar a una de sus doncellas), bien por un escorpión gigante (enviado por Gea cuando Orión se jactó de ser capaz de matar a cualquier animal de la tierra).

Orión acabó en el firmamento. Algunos defienden que tal era su amor por la caza que acompañaba con frecuencia a esto a Ártemis y Leto. Cuando murió, ellas convencieron a Zeus para lo elevara a los cielos en forma de constelación, acompañado de su perro más fiel, Sirio -que es la estrella que más brilla.
  • El cinturón de Orión, aquí.
  • Descripción de esta constelación con detalle, aquí.

Cuento egipcio: El clavo.

Dicen que una vez hubo un hombre que se quedó tan pobre que no tenía nada para comer, pagar su casa y sostener a su anciana madre. Llegó a sus oídos que vivía en su ciudad un comerciante sin escrúpulos que compraba a objetos a los pobres y luego los revendía a los más ricos al triple de su valor. Agobiado por sus deudas, se dirigió a él, ofreciéndole su casa.

El usurero se acercó a la casa para conocerla y cerrar el trato con el hombre pobre. Pero cuando llegó el momento, este le dijo:
- Te vendo la casa entera, pero este clavo que está en esta pared no te lo vendo.

El mercader aceptó la propuesta sin hacer preguntas. El hombre pobre se fue junto a su madre para contarle lo que había hecho: ya no volverían a pasar hambre en un tiempo. Pero su madre le recriminó la acción: ¡no tendrían sitio donde cobijarse del frío de la noche! El hijo quiso tranquilizarla:
- No te preocupes, madre. No he vendido el clavo de la pared...

Al día siguiente se marchó al mercado y compró unas pieles; después, fue a ver al usurero para decirle que iba a colgarlas en el clavo que no le había vendido. El comerciante no vio ningún problema y se despidió de él. Pero cuando las pieles empezaron a cuartearse y desprender un olor nauseabundo, el mercader fue a buscarle para pedirle que las retirara de su casa, pues iba a acabar muriendo asfixiado por el mal olor.

El hombre pobre le pidió disculpas:
- Lo siento mucho, pero, como sabes, no tengo ningún otro sitio donde colgarlas, ya que te vendí mi casa.

El usurero se enfadó y, furiosamente, le insultó: ¡le había engañado! Sin embargo, estaba dispuesto a retirar su trato si le devolvía el dinero que le había dado por la casa. El hombre, sin embargo, se plantó delante de él con las manos extendidas: lo lamentaba mucho, pero se había gastado todo lo que había recibido en la venta, de forma que no podía devolvérselo.

El mercader se puso a dar alaridos y patalear, maldiciéndole a él y a toda su familia, deseando que los cocodrilos devoraran su cuerpo y que nadie de su familia pudiera decir su nombre tres veces hacia el desierto cuando muriera. Mientras, las pieles apestaban con su fétido olor, haciendo imposible seguir hablando:
- ¡Quédate con la casa! No quiero verte a ti ni a nadie de tu familia nunca más -le gritó, mientras empujaba a su mujer y sus hijos fuera de la casa.

El hombre, que ya no era pobre, fue a buscar a su anciana madre para contarle lo sucedido...

Resultado de la última encuesta (marzo 2011)

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Una novela histórica: 9 votos.
Biografía de Felipe II: 3 votos.
Mitología egipcia: 25 votos.
Una constelación: 19 votos.

Isis recupera el cuerpo de Osiris.


Osiris e Isis se amaban desde antes de nacer. El destino los convirtió en los primeros reyes de Egipto, al que regalaron con la sabiduría de la agricultura, la civilización, las leyes y las ciudades; también enseñaron a los egipcios a honrar a los dioses, construir templos, tejer, hilar, crear familias y a vencer las enfermedades. Osiris viajó por todo el país para asegurarse que todas sus enseñanzas llegaban a sus súbditos.

Cuando regresó, su hermano Seth le invitó a un banquete; pero sus intenciones no eran las que se esperaría de un buen hermano orgulloso del poder y sabiduría de otro. Él tramaba, en realidad, hacerse con el poder sobre Egipto y acabar con Osiris.

Así, cuando acabó el banquete llevó a la sala un baúl inmenso recubierto de jade, diciendo que entregaría tan precioso objeto a quien cupiera perfectamente en él. Todos los invitados se metieron en el arca, pero sólo era de la talla exacta de Osiris. Cuando él se metió dentro, los invitados, a una seña de Seth, cerraron y sellaron el baúl, tirándolo después al Nilo.

El dolor de Isis fue tremendo, pero juró no descansar hasta haber recuperado el cuerpo de su esposo. Lo encontró en la ciudad de Biblos, donde el sarcófago se había convertido en el corazón de un tamarindo que el rey Malcandre había convertido en una de sus columnas de palacio. Temiendo perderlo de nuevo, la diosa lo escondió en los pantanos de Buto.

Sin embargo, Seth logró encontrarlo y, decidido a acabar de una vez por todas con su hermano, cortó el cadáver en catorce pedazos y los esparció por todo Egipto. Isis volvió a jurar que recuperaría el cuerpo de Osiris, y se dedicó a viajar por todo el país, recuperando cada fragmento del cadáver de su amado, hasta lograr reconstruir su cuerpo -fue la primera momia-, lo reanimó mágicamente y tuvo con él a su hijo Horus, quien, años más tarde, vengaría a su padre, luchando contra su tío Seth.

  • Una explicación más amplia de este mito, aquí.
  • Panteón egipcio, aquí.
  • Breve introducción a la religión egipcia, aquí.

El número de días del año, según los egipcios.


Shu y Tefnut eran hijos de Ra-Atum; tuvieron dos gemelos, Geb -la Tierra- y la hermosa Nut -el Cielo-, que se amaban ya desde antes de nacer. Durante siglos los hermanos permanecieron abrazados, sin que quedase espacio entre ellos para que brotase la vida.

Pero llegó un momento en el que Ra-Atum tuvo terribles cielos del amor que se profesaban los hermanos, y ordenó a Shu que los separase. El poderoso dios del aire pisó a Geb y elevó al mismo tiempo a Nut por encima -separándolos hasta el día de hoy-, pero ella estaba embazada. Ra la maldijo, incapaz de resistir más sus celos, para que no pudiera dar a luz ningún día del año. Los hermanos intentaron resistirse a la fuerza separadora de su padre, pero no consiguieron nada.

Sin embargo, Thot, el dios de la escritura, se compadeció de la bella Nut, su sobrina. Decidió ayudarla usando su poderosa sabiduría, de forma que desafió al resto de los dioses a jugar una partida de damas, apostándose el tiempo. Poco a poco, Thot fue ganando y reunió cinco días. Ra-Atum había decidido al principio de los tiempos que el año tendría 360 días, de forma que estos cinco que había logrado reunir Thot no entraban en la maldición de Ra, así que Nut pudo dar a luz a sus hijos, que fueron naciendo con un día de diferencia: Osiris, Haoeris, Seth -al que parió entre grandes sufrimientos, pues no en vano iba a ser el dios del mal-, Isis y Neftis.

  • Un completo e interesante enlace sobre mitos egipcios, aquí.
  • Iconografía simple de los dioses de esta leyenda, aquí.
  • Jerarquía de los principales dioses egipcios, aquí.
  • Otra redacción sobre esta leyenda, aquí.
  • Nut era representada en las tumbas egipcias, rodeada de sus estrellas, aquí.

La Esfinge de Gizeh habla al faraón.

El rey Amenhotep tenía muchos hijos, pero ninguno como su favorito, el príncipe Tutmosis, más fuerte, mejor deportista y más agraciado que todos sus hermanos juntos. El joven disfrutaba especialmente saliendo con su carro desde Menfis para hacer carreras, cazar o practicar tiro contra una diana de cobre.

Un día Tutmosis pasó cerca de la Esfinge, de la cual sólo se veía la cabeza porque todo su cuerpo estaba cubierto por abrasante arena del desierto. El príncipe y sus acompañantes decidieron hacer un alto y se pusieron a la sombra del monumento; el cansancio hizo que Tutmosis se duermiera pronto, reclinándose sobre un pómulo de la Esfinge.

La Esfinge, asfixiada, no dudó en dirigirse a él a través del sueño:

- Escúchame, hijo mío, pues te ofreceré entonces todo el reinado sobre la tierra; llevarás al corona blanca y la roja y todas las naciones te rendirán tributo. Tu vida será larga y tu matrimonio fecundo. ¡Todo esto ocurrirá si apartas la arena que me aprisiona y ahoga!

Al despertar, el príncipe marchó a Menfis y allí reclutó una cuadrilla a la que envió para limpiar la estatua. Así, poco a poco aparecieron sus formas de león. La Esfinge cumplió su promesa y al poco tiempo Tutmosis fue elegido príncipe heredero y a su debido tiempo sucedió a su padre. Durante el reinado de Tutmosis IV la Esfinge fue venerada bajo su nombre de Harmarchis y fueron frecuentes las ofrendas junto a sus garras.