Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

Juana de Austria: infanta, reina y jesuita

Fue la quinta hija del emperador Carlos I de España e Isabel de Portugal. Bisnieta de los Reyes Católicos y de los emperadores alemanes. Nieta de los reyes de Portugal. Madre del rey de Portugal Sebastián I y reina del país vecino. 

Juana de Austria (24 de junio de 1535- 7 de septiembre de 1573) estaba en primera línea de la más profunda nobleza peninsular y, por extensión, de media Europa. La esperanza de vida de la época y el nacimiento de su hermano pequeño, Juan, que acabó con la vida de su madre, hizo que, finalmente, de los seis hermanos solos sobrevivieran tres: ella misma, su hermano, el futuro Felipe II, y María, futura reina de Hungría.

De acuerdo con la tradición educativa inaugurada ya por su bisabuela Isabel de Castilla -La Católica-, estudia en la Corte y ya siendo bien pequeña habla con fluidez latín y conocía diversas artes, como la música, y se crió en un ambiente austero, aunque fuera dentro de la Corte. Su relación con sus hermanos, sobre todo con Felipe, fue muy estrecha y de mucha confianza (a pesar de que su padre, el emperador, no estaba de acuerdo con que su único hijo varón viviera rodeado de mujeres y procurara no tenerle demasiado cerca de sus hermanas).

Fue casada con su primo, el infante heredero de Portugal, Juan Manuel, con 16 años. La boda fue por poderes, pero cuentan que entre ellos pronto nació un gran cariño y su relación se basó en el respeto mutuo. En paralelo, su hermano Felipe se casaba con otra infanta portuguesa, María Manuela: la tradición iniciada por los Reyes Católicos de establecer fuertes lazos matrimoniales entre las casas reales peninsulares se mantenía generaciones después... Esta relación estrecha con el país vecino acabaría por tener como consecuencia que, años después, por un vacío de poder, Felipe II sacara a relucir sus derechos dinásticos sobre el trono portugués. 

Quedando posteriormente viuda, tras solo dos años de matrimonio, Juana es obligada a abandonar Portugal, dejando allí a su hijo: su hermano Felipe, ya rey, debía marchar a Inglaterra para contraer matrimonio con la reina María Tudor, pues también se había quedado viudo, y solicitaba a su hermana como gobernadora de los reinos castellanos. Juana no volvería a ver su hijo, que por aquel entonces era solo un bebé, quedando al cuidado de su abuela portuguesa, Catalina de Austria (que era, además, tía y suegra de Juana).



Su labor como gobernadora y regente, en ausencia de Felipe II, fue muy notable, teniendo sobre todo que hacer frente a graves dificultades económicas, ayudada por un cuerpo de consejeros, muchos de ellos de origen portugués. La deuda económica y la bancarrota provocaron que unos trescientos mil españoles se marcharan a América a buscar nuevas oportunidades. También fue un quebradero de cabeza para ella el foco luterano que se desarrolló en Valladolid y Segovia y contra el que actuó, a petición de su propio padre. 

Al mismo tiempo, mantuvo durante toda su vida una gran correspondencia con su hijo Sebastián y cuidó de su sobrino Carlos, hijo de Felipe II y de María Manuela, procurándole una esmerada educación. Actuó también como mecenas: retratos reales, joyas, miniaturas, instrumentos musicales,...


Cuando Felipe II regresó de Inglaterra, Juana abandonó la regencia en 1559 y no volvió a ocupar cargos políticos, aunque se mantuvo viviendo en el Alcázar, cerca de su hermano y de su sobrino. Junto con la tercera esposa de su hermano, la francesa Isabel de Valois, actuó como dama de compañía y amiga (a la muerte de esta se encargó del cuidado y educación de sus dos hijas) y con ella acudía a la Eucaristía, presidía obras de caridad y visitaba conventos: la faceta religiosa de Juana de Austria es bien conocida y, como en el caso de su hermano, formó parte esencial de su vida cotidiana. Fue la fundadora del Colegio de san Agustín de Alcalá de Henares y del convento de las Descalzas Reales de Madrid, donde ella pasó mucho tiempo en retiro espiritual.

Una faceta muy llamativa de su vida fue su íntima relación con la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1534: su confesor particular era el noble jesuita Francisco de Borja y pidió ser aceptada como jesuita en la nueva orden religiosa durante el periodo en el que fue regente, a pesar de la negativa de Ignacio a aceptar mujeres en su orden. La presión de su apellido y su nivel de poder hizo difícil que su petición fuera rechazada, de manera que, finalmente, fue aceptada bajo el nombre secreto de Mateo Sánchez, con los votos de pobreza, castidad y obediencia. 

Su lealtad a la orden jesuítica fue enorme, aunque públicamente no pudo mostrar su rango de jesuita -la única que ha habido en la orden en toda su historia-, y apoyó a los jesuitas frente a los ataques de la Inquisición, ante el Papado, en su establecimiento en Flandes y en la creación de los colegios de Valladolid y Lovaina.

Un grave tumor acabó finalmente con su vida, siendo enterrada en el convento de las Descalzas Reales. 

  • Sobre la vida de Juana de Austria, aquí y aquí.
  • Un comentario de la infanta como única jesuita, aquí
  • Un importante retrato suyo se encuentra en el Museo del Prado de Madrid. Su ficha técnica, aquí. 


Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II

Se llamaba Ana de Austria, y es la protagonista de uno de los nuevos marcapáginas de mi colección. 

Ella, princesa de Bohemia y archiduquesa de Austria, fue elegida para reinar como consorte en España de 150 a 1580, como cuarta esposa de Felipe II, su tío: nacida en noviembre de 1549 e hija de la hermana del rey español, les separaban veintitrés años, pero dicen que Felipe, profundamente dolido tras la muerte de la bellísima Isabel de Valois, su tercera esposa, recuperó las ganas de vivir al lado de su sobrina, a la que sobrevivió cuando esta murió, embarazada de su sexto hijo, víctima de una epidemia de gripe que el propio Felipe II sufrió meses antes. 

La falta de sucesión clara tras la muerte de la reina consorte francesa, pues sólo tenía dos hijas y ningún varón, el panorama político internacional obligaba a Felipe II a tomar una nueva esposa, no sólo para conseguir el ansiado hijo, sino también para afianzar los lazos internacional con la otra rama de los Habsburgo: los problemas religiosos en Flandes, así como la franca rebelión en los Países Bajos y la vinculación afectiva entre esta zona y Alemania, obligaban a buscar un matrimonio que calmara el panorama político.

Ana de Austria ya había estado en el candelero: consciente de su papel dinástico, criada en ambientes españoles (nació en la provincia de Valladolid) y bien conducida por su madre, la infanta María de habsburgo, hija de Carlos I y de Isabel de Valois, la joven sabía cuál había de ser su papel en la familia, admirando a los grandes gobernantes masculinos e idolatrando a su tío Felipe desde bien pequeña. De hecho, Felipe II se negó al matrimonio de su sobrina con el príncipe francés Carlos IX, cuando murió el hijo del español, el pequeño Carlos. 

Aunque la reina francesa ofrece, a la muerte de Isabel, la mano de su hija pequeña, Margarita, Felipe II pone reparos y presenta una larga serie de escrúpulos por contraer matrimonio con dos hermanas. Este hecho aceleró que en el 1569 se zanjara la cuestión de la boda con su sobrina alemana, de manera que en 1570 se firman las capitulaciones matrimoniales y en mayo de ese año se celebra en Praga la boda por poderes, que será confirmada en al Alcázar de Segovia en noviembre de ese mismo año. Cuentan que, cuando Ana de Austria, ya convertida en reina regente, entró en Madrid el 26 de noviembre, su porte regio, el buen uso simbólico de los colores de su marido en su atuendo y la riqueza de sus ropas y joyas impresionaron al público y a la Corte, haciéndose rápidamente merecedora del aplauso de todos. No en vano,  había sido educada para esto. 



Su carácter sencillo, apacible y ordenado, así como el compartir el gusto por la caza y los paseos con su tío y marido causan admiración y sosiego en Felipe II, que vive en estos años problemas políticos internacionales (la guerra contra los turcos y la victoria en la batalla de Lepanto, la más que evidente futura independencia de Flandes y la invasión y en Portugal, a la muerte sin herederos directos del rey luso, esgrimiendo sus derechos dinásticos como hijo y nieto de infantas portuguesas) y nacionales (la traición de su secretario personal, las sucesivas muertes de hombres de su confianza, la muerte de su hermano bastardo Juan de Austria y la rebelión de los moriscos en las Alpujarras).

Ana de Austria, la mayor de quince hermanos, hizo honor a la prolífica capacidad de su familia, y no sólo adoptó como suyas a las pequeñas infantas, hijas de la anterior esposa de su marido, sino que tuvo varios hijos, aunque sólo uno sobrevivió a la niñez. Entre 1571 y 1580 nacerían los infantes Fernando, Carlos Lorenzo, Diego, Felipe y María. Sólo Felipe lograría llegar a adulto, como Felipe III

A la muerte de su cuarta esposa, algunos le piden a Felipe II que vuelva a contraer matrimonio, esta vez con Margarita de Austria, hermana pequeña de Ana, pero el rey se niega. Habiéndose terminado de construir el Monasterio de El Escorial y enterrado en su Panteón Real a sus antepasados y familiares más cercanos, Felipe II permanece viudo dieciocho años, hasta su muerte, volcado en su fuerte devoción religiosa y en su gusto acentuado por la soledad.


  • Vídeo sobre Ana de Austria, aquí. 

La Infanta de Las meninas.

Hace unos días estuve con mis alumnos de 4º de ESO en el Museo del Prado, en Madrid: una visita más o menos rápida, cuasi tradicional ya y obligada por lo de "escolar". Como no pude resistir a mi particular tentación, un nuevo marcapáginas se ha agregado a mi colección tras la visita: la imagen de la Infanta Margarita de Austria, personaje central del cuadro de Las meninas o La familia de Felipe IV, del genial Velázquez. 

Margarita María Teresa de Austria (1651- 1673) fue la segunda hija de Felipe IV, pues ya tenía otra, la Infanta María Teresa, de su matrimonio anterior con Isabel de Borbón. La madre de Margarita fue Mariana de Austria, archiduquesa de Austria, sobrina de Felipe IV, regente de España y uno de los personajes de mayor importancia política de mediados del s. XVII. El nacimiento de esta niña casi le valió la vida a su madre, tras un día entero de duro parto, del que se recuperó casi tres meses después, y el disgusto de su padre, que no tenía heredero varón todavía; acabó siendo, sin embargo, la hija favorita del rey.

Posiblemente, lo más importante de la vida de la Infanta Margarita fue la cuestión de su matrimonio, que se convirtió en un asunto de Estado. Aunque en España eran sus hermanos varones los que tenían preferencia en asuntos de herencia dinástica, las mujeres mantenían sus derechos hasta su boda y se convertían, así, en piezas fundamentales en el juego político, pues transmitían los derechos sucesorios a sus hijos a hijas. En este caso, el matrimonio de esta joven era crucial: por tradición familiar, el primer candidato fue siempre Leopoldo I (1640- 1705), emperador del Sacro Imperio Germánico tras la muerte de su padre y de su hermano mayor, y, además, tío de la Infanta, pues era el hermano de la reina Mariana de Austria; el hecho de que la niña tuviera, desde bien joven, a la esposa del embajador alemán como preceptora, para aprender el idioma, atestigua este hecho.

Pero Felipe IV dilató la decisión de la boda de su hija hasta que esta contó cerca de catorce años, por diversas razones, siendo dos los más importantes: el dinero de los esponsales (los Habsburgo españoles estaban prácticamente arruinados) y la posibilidad de casarla con Carlos II de Inglaterra, a fin de evitar el matrimonio de este con una de las portuguesas de la Casa de Branganza, con la que España se encontraba entonces en guerra. El rey español barajaba, además, la posibilidad de retrasar esta boda lo máximo posible, pues evitando su matrimonio, la Infanta no perdería sus derechos sucesorios y, hasta el nacimiento de su hermano Carlos (el futuro Carlos II), era considerada heredera universal. 

La cuestión sucesoria de Felipe IV fue un asunto candente: su primera hija, la Infanta María Teresa, había sido casada con su primo Luis XIV de Francia, perdiendo sus derechos sucesorios al hacerlo. Del primer matrimonio de Felipe IV nacerían siete hijos, pero cinco de ellos murieron siendo niños y sólo sobrevivió, finalmente, la Infanta. De su segundo matrimonio tuvo cinco hijos, pero tres de ellos murieron siendo bebés, y la mala salud del futuro Carlos II no auguraba nada bueno (aunque esto ya no lo vivió Felipe IV).

Al emperador Leopoldo I se le ofreció la mano de  su sobrina mayor, la Infanta María Teresa, pero tras la boda de esta con el rey de Francia (algo de lo que se enteró por los mentideros de la Corte, dicen) en aras de la necesaria paz entre España y Francia, presionó para poder casarse con su otra sobrina, Margarita. El hecho de que su hermana Mariana fuera reina de España y después regente del país quiso ser aprovechado por él y sus embajadores (la reina se rodeaba de damas e hijas de embajadores alemanes), aunque pronto se reveló que la reina no se iba a dejar dominar por la situación (y el testamento de Felipe IV no dejaba explícitamente dispuesto este matrimonio).


Margarita de Austria es casada finalmente por poderes y llega a Viena en diciembre de 1666; la recibe un espléndido ballet ecuestre, dos ostentosos palios en el patio central del palacio de Hofburg y una representación operística de tema mitológico. Parece ser que la afinidad entre la joven y su tío- esposo fue notoria, pues ambos compartían no sólo la fe católica, sino también el gusto por la música y el teatro. Los intereses de la joven emperatriz nunca fueron por el terreno político, pero sí tuvo claro desde el principio su misión: otorgar un heredero a la casa de Habsburgo alemana; su matrimonio había servido para unificar de nuevo a las dos ramas de la familia y asegurar la candidatura de Leopoldo I al trono español, en caso del fallecimiento de su débil hermano Carlos II. 

Su objetivo maternal le costó la vida: sus hijos, todos archiduques de Austria, murieron siendo niños: Fernando Wenceslao (1667-68), Juan Leopoldo (1670) y María Ana Antonio (1672), sólo sobreviviendo María Antonia (que sería la madre de José Fernando de Baviera, candidato al trono español en la agonía de su tío Carlos II). Margarita de Austria moriría en el parto de su hija María Ana, y su cuerpo reposa en Viena.

Halloween y panellets.

Estos días observo cómo las clases de mi colegio y numerosos establecimientos se ven adornados por fantasmas, calabazas y arañas de distintos colores y tamaños: es la ambientación propia de la fiesta anglosajona -celta- de Halloween, que se remonta, posiblemente, al s. IV a.C. La finalidad: aplacar a los espíritus a base de banquetes ceremoniales y funerarios, costumbre muy típica de las antiguas culturas occidentales.


Pero es tiempo también de golosina: los antiguos romanos amasaban bolas dulces en estos días, los árabes hacían masas redondas de hojaldre y miel y en muchas mesas este fin de semana habrá golosas bandejas de buñuelos de viento y huesos de santo. Pero en la zona levantina de la península Ibérica y en Andorra el postre típico del 31 de octubre (y en menor medida, el 1 de noviembre) serán los panellets: unos pequeños bollos de masa de mazapán y frutos secos, sobre todo castañas y piñones, regados con moscatel. 

La tradición de los pequeños panellets se remonta, posiblemente, a las casas campesinas de los payeses catalanes, cuando, allá por el s. XIV, donde se hacían por estas fechas con los frutos recolectados (avellanas, almendras, piñones) y comidos tras ser bendecidos en la parroquia. Hay constancia escrita de esta costumbre ya en algunos recetarios del s. XVIII. En el s. XIX estos pastelitos se comían junto con castañas y vino, en cafés y fiestas privadas o de vecinos. 

¿Qué pasa con el acueducto de Segovia?

Debe ser evidente para todos mis lectores que la larga presencia del mundo romano en la península Ibérica ha dejado su huella: no sólo usos, costumbres, lenguaje,..., sino también en el panorama arquitectónico de España: los antiguos romanos no fueron, quizá grandes inventores de edilicia, pero sí enormes trabajadores que fueron capaces de asumir como propios técnicas o herramientas constructivas que otros antes que ellos habían usado...

El paisaje español está lleno de kilómetros de antiguas calzadas, casas, teatros, anfiteatros, circos, alcantarillado, termas... Los acueductos son, sin duda, una de las construcciones que más llaman la atención. 

Y, una vez más, no me fallaron: hace poco acompañé a un grupo de alumnos de 4º de Secundaria a la ciudad de Segovia, donde todavía se mantiene -y hasta hace no muchos años, incluso en activo- el acueducto de la ciudad (debería decir, más correctamente, el conjunto de arcos principales de la ciudad, ya que el acueducto es toda la conducción de agua, desde el embalse de origen), realizado a finales del s. I; Con una altura máxima de casi 29 metros, todos los bloques se unieron tras un estudiado conjunto de fuerzas, de manera que no hizo falta argamasa que uniera las piedras. El conjunto transportaba agua desde la Fuenfría, a 17 kilómetros de la ciudad, hasta las fuentes principales de la localidad. 




Para su construcción, los sillares eran transportados usando rodillos de madera o rampas de madera; si debían estar colocados por encima de la altura de una persona, se elevaban con un sistema de poleas movido por esclavos, y para colocar los más elevados se emplearon andamios y cimbras, sobre las que se encajaban las dovelas de los arcos; los sillares centrales de estos (claves) tienen forma de cuña, y ejercen la presión suficiente como para mantener en pie cada arco. Los agujeros que hoy vemos en los sillares fueron realizados para encajar las tenazas metálicas que los sujetaban y subían hasta su disposición final. 

A fin de encajar los sillares, los canteros se desplazaban por la obra, tallando y labrando las caras de las piedras para que encajaran; las marcas de sus picos o de las cuñas de madera humedecida empleadas se pueden observar en las hendiduras que hay entre los sillares.




Sabemos que en la parte superior de la arcada principal había un texto donde se haría referencia al año de construcción, hoy perdido, así como una imagen de Hércules, tradicionalmente considerado el fundador de la ciudad. Hoy hay una imagen de la Virgen de la Fuencisla, a la que la ciudad es muy devota; cuentan que se colocó ahí cuando una niña logró ganar en una apuesta al mismísimo diablo: harta de tener que subir y bajar a por agua, pidió que se construyera algo para facilitarle su labor diaria, y el diablo se ofreció, a cambio de su alma, si conseguía acabar el acueducto antes de que cantara el gallo. Afortunadamente, el gallo terminó de cantar justo antes de que el diablo pusiera la última piedra de la construcción, y es en ese hueco donde se colocó, según la tradición, la imagen de la Virgen.

  • Más sobre arte romano, aquí.

El nombre de Felipe y España (V): Felipe V (segunda parte)

Cuando se firmaba el Tratado de Utrecht en 1713 se abría la puerta al trono de España para la dinastía francesa de los Borbones. Felipe d'Anjou, nieto de Luis XIV de Francia y bisnieto de Felipe IV, se convertía en el sucesor de Carlos II de Habsburgo, reinando como Felipe V.

Casado en primeras nupcias con María Luisa Gabriela de Saboya (1688- 1714), hija del duque Víctor Amadeo de Saboya y de la princesa Ana María de Orleáns. Su suegro no desaprovechó la ocasión que se le presentaba, y nombró como camarera personal de la nueva reina de España a María Ana de Tremouille, duquesa de los Ursinos; de esta manera, el rey francés se aseguraba una fluida comunicación entre los nuevos reyes y su persona, pudiendo así influir en la política española, aunque de manera discreta. 
María Luisa de Saboya
La influencia francesa se dejó ver pronto en las líneas básicas de la política exterior de los nuevos reyes, hasta aproximadamente el año 1720. Bajo la influencia de la duquesa de Ursinos y Luis XIV, esta primera parte del reinado de Felipe V se caracterizó por la renovación cultural de España, la fundación de la Biblioteca Nacional (1712), de la Academia de la Lengua (1713) y luego de otras -al modo francés- y la centralización de la Administración siguiendo la estela de Francia: se abolen los fueros aragoneses y valencianos, se suprimen las autonomías de Aragón y Cataluña y se implantan las leyes castellanas en todo el territorio, salvo en Navarra y las zonas vascas.

A la muerte de la reina María Luisa, Felipe V se casa con  Isabel de Farnesio (1692- 1766) , hija Eduardo y Dorotea de Neoburgo, duques de Parma. Es a partir de 1714 cuando la política seguida por Felipe V gira hacia la influencia italiana, idea sin duda apoyada -o motivada- por su esposa, que expulsó a la duquesa de los Ursinos de España, e iniciando una política exterior muy agresiva, encaminada a la revisión del Tratado de Utrecht y a la recuperación de algunos territorios italianos y mediterráneos, como Gibraltar y Mahón. La respuesta internacional no se hizo esperar, culminando en una guerra contra Francia, Inglaterra, Prusia, Holanda, Suecia y Dinamarca cuando España reconoce para la imperial Compañía de Ostende los mismos derechos comerciales que ya tenían Holanda e Inglaterra.

Felipe V e Isabel de Farnesio

Felipe V abdica en 1724 en su hijo Luis; se esperaba la muerte prematura de Luis XV (que, sin embargo, murió en 1774); si su padre y el duque de Borgoña, hermano de Felipe V, morían, Felipe V podía acceder al trono de Francia. Para ello era imprescindible que abandonara el español. Sin embargo, Luis I murió en agosto y Felipe V, viendo que sus posibilidades de reinar en Francia disminuían, volvió a tomar la Corona española. 

La segunda parte del reinado de Felipe V se caracteriza por unas miras más españolas, abandonando la influencia italiana y se rodea de ministros españoles; los pactos familiares establecidos con Francia obligan a España a ayudar al país vecino en las guerras de sucesión polaca y austríaca, que permiten a Felipe V recuperar Nápoles y Sicilia. En este segundo reinado, además, los esfuerzos en política interior se centran en la restauración económica del país, la centralización administrativa, el fomento de la investigación desde las Academias y la Biblioteca Nacional y el impulso comercial hacia las Indias.



Felipe VI tuvo una numerosa descendencia, aunque varios de sus hijos murieron jóvenes; algunos de ellos, además, se alzaron en el trono de algunos países europeos de la época: con María Luis de Saboya tuvo cuatro hijos: Luis I (1707- 1724), Felipe y Felipe Pedro (que murieron de niños) y Fernando VI (1713- 1759), que fue rey a la muerte de su padre. Con Isabel de Farnesio tuvo varios hijos e hijas: Carlos III (1716- 1788), que fue rey de España a la muerte de su hermanastro Fernando VI, Ana María Victoria (1718- 1781), que fue reina de Portugal, Felipe I de Parma (1720- 1765), Mª Teresa (1726- 1746), que se casaría con su pariente lejano Luis Fernando, Delfín de Francia, y los infantes Luis Antonio (1727- 1785) y Mª Antonieta (1729- 1785).

Los cronistas cuentan que al final de sus días Felipe V presentó una grave incapacidad para gobernar, quizá fruto de un desequilibrio mental. Fue enterrado en el Palacio Real de la Granja, por deseo expreso del rey. 

El nombre de Felipe y España (V): Felipe V (primera parte)

El rey Felipe IV dejaba sólo un heredero para el trono español: el enfermizo Carlos II, último representante de la rama austriaca en España. Rey desde 1665 hasta 1700, las dos princesas europeas que fueron elegidas para ser sus esposas, María Luisa de Orléans y Mariana de Neoburgo -tras la trágica muerte de la anterior-, intentaron -en vano- darle a Carlos II un heredero. Algo imposible, dada la debilidad del rey español, así como sus graves problemas físicos y psicológicos, fruto de los sucesivos matrimonios endogámicos de la familia Habsburgo; aunque, eso sí: el problema del monarca fue considerado en su época fruto de los hechizos a los que estaba sometido por el demonio desde su juventud.

Sin embargo, el siguiente rey español sí tenía algo que ver con Carlos II: Felipe V (19/12/1683, Versalles- 9/7/1746, Madrid), era su sobrino-nieto. La muerte de Carlos II sin heredero directo origina un grave problema sucesorio que repercute en toda Europa; aunque el Imperio español es decante, aún su poder naval es grande y no interesa que la poderosa casa real francesa tome posiciones en la península. 




El último Austria español deja en su testamento a Felipe, duque de Anjou, bisnieto de Felipe IV y nieto del rey francés Luis XIV, como heredero a la Corona española en 1700: ha estallado la Guerra de Sucesión, en la que entran en juego José Fernando de Baviera -otro sobrino nieto de Carlos II, y el archiduque Carlos de Austria -bisnieto de Felipe III y sobrino de Felipe IV. 

Felipe d'Anjou
La guerra termina con la firma del Tratado de Utrecht en 1713, que supuso para España la entrada de la dinastía de los Borbones, cuyo primer representante en Francia se remontaba a Enrique IV el Grande (1553- 1610); además, se perdían territorios en Italia (que pasaban al Imperio Alemán) y Países Bajos (bajo control de Saboya), Menorca y Gibraltar (cedidos a Inglaterra) y la colonia -hoy uruguaya- de Sacramento (que pasaba a manos portuguesas). Además, Felipe V renunciaba para sí y todos sus descendientes a sus derechos dinásticos sobre el trono de Francia. 

El nombre de Felipe y España (IV): Felipe IV (segunda parte)

El conde- duque de Olivares, Gaspar de Guzmán, fue el primer valido de Felipe IV (1605-1665); su objetivo de gobierno fue lograr que la presencia hegemónica de España en Europa fuera reconocida y que
todos los territorios españoles estuvieran unidos bajo la soberanía del monarca, siguiendo el modelo francés.


En el desarrollo de esta política exterior, Olivares tuvo que hacer frente a varias guerras: contra los Países Bajos, contra Inglaterra y contra Francia (estas últimas, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años que asoló el continente desde 1618). El punto débil de los Países Bajos era el desarrollo de sus rutas comerciales con la costa báltica, de manera que los esfuerzos del valido se centraron en lograr cortar el contacto con el Báltico (no se consiguió) y en reforzar la fuerza naval de España (que sí se logró). Con Inglaterra empleó lazos diplomáticos con el emperador alemán y el rey Jacobo de Inglaterra, hasta la muerte de este. 


El asunto francés fue más grave y complejo. El rey Luis XIII, cuñado de Felipe IV, no se decantó hasta 1635 sobre el bando en el que participar en la Guerra de los Treinta Años; apoyar a España y Austria suponía apoyar el catolicismo, pero apoyar al bando protestante -teniendo en cuenta que Francia acaudillaba la cuestión católica, esta posibilidad es llamativa-, permitiría poner fin al dominio europeo de  los Habsburgo alemanes y españoles. Finalmente, en 1635, ante la victoria española y austriaca contra los suecos en Nordlingen, Luis XIII declara la guerra, en favor de los protestantes; el miedo francés: acabar cercada por España en su lado oriental, pues desde Milán hasta Flandes se había desarrollado, bordeando la frontera entre ambos países, un pasillo por el que los españoles transportaban mercancías, dinero, soldados y armas.

La situación económica de España a lo largo del reinado de Felipe IV no ayudó a los asuntos exteriores: al esfuerzo económico y tributario se le unió la subida de impuestos y precios, así como el endeudamiento progresivo del país, la devaluación monetaria, las malas cosechas y la negación de préstamos intenacionales, que llevó finalmente a Olivares a reemplazar a los banqueros genoveses por portugueses, más afines a sus intereses políticos. A lo largo de mediados del s. XVII las bancarrotas se fueron sucediendo, siendo la primera la de 1627.

La política seguida por el conde-duque incluyó la solicitud, a todos los territorios, de la aportación de armas y soldados para el mantenimiento de las guerras europeas libradas por España; evidentemente, esta propuesta, concretada en la Unión de Armas (1626) no ayudó a la situación del país, provocando una fuerte oposición. No extraña... 500 000 catalanes, por ejemplo, debían aportar lo mismo que los tres millones de napolitanos.... Parece que Olivares no tuvo en ningún momento presente la gran debilidad española del momento: la falta de cohesión administrativa y territorial del Imperio español; las rebeliones en Cataluña y Portugal (donde el duque de Braganza ya oía su nombre como nuevo rey) deberían haberle servido de reflexión...


En 1642 Olivares re retira políticamente, siendo sustituido por su sobrino, Luis Méndez de Haro, tras un tiempo en el que Felipe IV se encargó sólo de las tareas de gobierno. El nuevo valido tuvo que hacer frente a la rendición española en 1648: la Paz de Westfalia ponía punto y final a un terrible conflicto que se había cobrado miles de vidas en Europa y había enfrentado a prácticamente todo el continente; la rendición suponía el declive de la casa de Habsburgo, la hegemonía europea de Francia y el reconocimiento de la independencia de Holanda. 

La paz con Francia llegaría poco después, en 1659: la firma de la Paz de los Pirineos venía acompañada de un acercamiento diplomático que buscaba el enlace de la infanta María Teresa con Luis XIV; la hermana de Felipe IV, Ana de Austria, estaba actuando en ese momento como regente. 

Felipe IV fue, además, un hombre con problemas sucesorios -aunque no tan extremos como los que tendría su propio hijo, Carlos II. De su matrimonio con la princesa francesa Isabel de Borbón (1602-1644) nacerían varios hijos, pero todos fallecieron siendo bebés o niños, salvo una princesa: las infantas María Margarita, Margarita María Catalina, Margarita Eugenia, Isabel y María Antonia morirían algunas sólo con meses de vida; el infante Baltasar Carlos muríó en la adolescencia, y sólo la infanta María Teresa sobreviviría, llegando a ser reina de Francia. 


Isabel de Borbón
Mariana de Austria


Posteriormente el rey se casó con su sobrina Mariana de Austria (1634- 1696), hija de Felipe III y Margarita de Austria. De este matrimonio nacieron también varios hijos, pero con fatídica suerte: María Ambrosia, Felipe Próspero y Fernando Tomás morirían con menos de cinco años; Margarita María llegaría a ser emperatriz. Felipe IV deja sólo un heredero: Carlos II (1661- 1700), el último representante de la dinastía de los Habsburgo españoles. 

  • La Guerra de los Treinta Años, aquí. 
  • Europa tras la Paz de Westfalia, aquí. 
  • La política interior del conde-duque de Olivares, aquí. 
  • Otros reyes españoles llamados Felipe: I, II, III, VI
  • Árbol genealógico de la monarquía española, aquí. 
  • Ficha biográfica de Felipe IV, aquí. 

El nombre de Felipe y España (IV): Felipe IV (primera parte)

Rey con sólo dieciséis años, Felipe IV (1605-1665) fue hijo de Felipe III y Margarita de Habsburgo, rey de España hasta su muerte y de Portugal hasta 1640. De personalidad atrayente, destacó por su gran cultura y dotes artísticas, que volcó en labores de mecenazgo (Velázquez fue su pintor de Corte y Rubens hizo labores diplomáticas para él), así como en sus dos grandes aficiones: la caza y las comedias. Eso sí, mantuvo la línea de gobierno de su padre, cediendo tareas de poder a su valido, Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, y luego en su sobrino, Luis Méndez de Haro, marqués de Carpio.

El reinado de Felipe IV está marcado por un fuerte lastre: la idea de mantener, a toda costa, los conflictos en el norte y centro de Europa, en detrimento de los graves problemas sociales y económicos de la península y de las colonias españolas en América. 

A este empeño contribuyó, y mucho, la política seguida por Olivares, que entró en la Corte como un elefante en una cacharrería, sustituyendo a todas las personas con responsabilidades que habían trabajado para su antecesor, el duque de Lerma -eso sí, colocando en su lugar a sus propios amigos y familiares. El gran objetivo político del conde-duque era ver reconocido el poder del rey español y a España como potencia hegemónica en Europa -a estas alturas, lo que había ya casi era el honor y la resistencia de las tropas de Flandes-; siguiendo el modelo francés, bajo la soberana autoridad del rey se agruparían todos los territorios españoles, de manera que el monarca sería la representación del Estado. 

Por tanto, tres son los grandes puntos de conflicto para Felipe IV en Europa: los Países Bajos (que estaban atacando los intereses comerciales de las colonias portuguesas, a pesar de la tregua que se había firmado en vida de Felipe III), Inglaterra (las naves inglesas llegaron a Cádiz en 1625) y Francia (en el contexto de la grave guerra de los Treinta Años... y el hecho de que Luis XIII estuviera casado con la hermana de de Felipe IV no parecía pesar...). 

A este panorama político hay que añadir la terrible situación económica que venía atravesando ya desde finales del reinado de Carlos I, bisabuelo de Felipe IV, y que se concretaría durante este reinado en sucesivas bancarrotas y la pérdida de la confianza de los banqueros genoveses, amén de las malas cosechas sucesivas, que dejaron a la mayoría de la población peninsular -sobre todo, castellanos-, por debajo del umbral de la pobreza.

El nombre de Felipe y España (III): Felipe III

Hijo de Ana de Austria y de Felipe II, Felipe III (14.4.1578- 31.3.1621) fue un heredero deseado -su madre fue la cuarta esposa de su padre-, siendo rey de España y Portugal desde 1598 hasta su muerte. Muchos consideran su reinado como una transición entre el gobierno imperial de Felipe II y la decadencia política y familiar de los Austrias españoles del s. XVII.


Destacando por su carácter bondadoso y dócil (cuentan que no daba un paso sin pedir permiso a su padre), políticamente fue un rey débil y quizá negligente -algo de lo que fue consciente al final de su vida-, delegando totalmente las tareas de gobierno y decisiones políticas en sus validos, Francisco de Sandoval, duque de Lerma, y después en el hijo de este, Cristóbal Gómez, duque de Uceda.

Su reinado se caracterizó por dos hechos: la búsqueda de la pacificación de los territorios dinásticos (aunque no de manera definitiva) y los problemas financieros, que ya venían arrastrándose desde el final del reinado de su abuelo, Carlos I; aunque las deudas contraídas a corto plazo con banqueros genoveses pudieron cambiarse por deudas a largo plazo, esto no evitó la devaluación monetaria en Castilla ni las sucesivas quiebras. Además, por si esto fuera poco, la península se vio azotada por una grave epidemia de peste que diezmó la población. 

Hereda de su padre tres graves conflictos, a los que logra acallar -que no controlar ni terminar- con maniobras diplomáticas de sus embajadores o por casualidades históricas. Así, se firma la paz con Inglaterra en 1604 -facilitada por la muerte, el año anterior, de Isabel I de Inglaterra- y cesan los intentos de invasión a la isla por parte de España -todos infructuosos, a pesar de la ayuda prometida por los irlandeses.; la muerte de Enrique IV de Francia permite también una tregua -logrando salvar la vía de comunicación entre Milán y Flandes de los ataques franceses- y, sin intención de retirarse de Flandes, sí se firma una tregua de doce años en la zona, en 1609. 

Esto no supone la desaparición de los españoles de la política europea internacional, pues el inicio de un fuerte conflicto que sacude toda Europa, la Guerra de los Treinta Años, en 1618, obliga a Felipe III a participar ayudando a la rama austríaca de la dinastía, a fin de mantener la defensa del catolicismo y los intereses españoles en el norte de Italia. 

Las sucesivas pacificaciones temporales permiten a Felipe III (a sus validos, más bien) afrontar el problema interno: la presencia de moriscos en la zona de Valencia, que es vista como un ataque al catolicismo... y una posible colaboración a los piratas que estaban atacando en el Mediterráneo. Los moriscos son expulsados entre 1609 y 1614; las consecuencias económicas y demográficas de la marcha de casi 300 000 personas no fueron ajenas en ningún momento al rey, pues la falta de mano de obra y la bajada de la productividad fueron evidentes.

Felipe III se casó con Margarita de Habsburgo (1584- 1611), hija del archiduque Carlos de Estiria y primo segundo, por tanto, de Felipe II. Cuentan que la princesa deseaba entrar en un convento, pero sus padres concertaron el matrimonio con su primo español, con el final de afianzar los lazos dinásticos y familiares y asegurar la continuidad de los Austrias españoles, ya que su madre había tenido quince hijos y, por lo tanto, se presuponía su fertilidad. El matrimonio tuvo cinco hijos: el futuro Felipe IV y los infantes Ana (que sería reina de Francia), María Ana, Carlos y Fernando. 

A su muerte, Felipe III deja un heredero de apenas 16 años, que deberá hacer frente a la Guerra de los Treinta Años y a una situación económica ruinosa, con un Tesoro agotado que no podía sostener los gastos del reinado...

  • Árbol genealógico de la monarquía española, aquí. 
  • Ficha de Felipe III, aquí. 
  • El primer Felipe de España, aquí. 
  • El escudo de armas de otro Felipe: el VI, aquí. 
  • Biografía breve de Felipe III, aquí. 

El nombre de Felipe y España (II): Felipe II

Hace unos días comenzaba una serie de entradas sobre los reyes españoles que han tenido el nombre de Felipe, tras la proclamación como Rey de España de Felipe VI. El primero con ese nombre, Felipe I, casado con Juana de Castilla, tuvo un reinado muy breve, como expliqué hace poco; pero no se puede decir lo mismo de Felipe II (1527- 1598), ya que su reinado abarcó 42 años

Felipe II fue hijo del emperador Carlos I y de Isabel de Portugal -nieto, por tanto, de Felipe I y bisnieto de los Reyes Católicos. Su Imperio se extendió por cuatro continentes, tras ser proclamado rey de Portugal en 1580, tras la muerte sin descendencia del rey Enrique I, pues tenía derechos sucesorios como nieto de Manuel I de Portugal, el padre de su madre. 


Apoyándose en un complejo sistema centralizado, Felipe II tuvo dos grandes objetivos en su reinado: el mantenimiento de la hegemonía hispánica en Europa -lo que suponía defender Flandes a toda costa, como petición personal de su padre- y la defensa del catolicismo en un continente en el que el Imperio Otomano estaba pisando fuerte, amenazando las posesiones españolas en Italia. Sin duda, tanto Flandes como los turcos fueron los dos grandes dolores de cabeza del rey prudente, y no sólo por la acumulación de deudas y las consiguientes bancarrotas, sino por los recursos militares empleados, no pudiendo evitar la división de Flandes en una zona norte protestante y otra sur, católica -algo que su padre no hubiera visto con buenos ojos. Para la Historia ha quedado la victoria naval de Lepanto (1571) frente a los turcos, aliándose con los Estados Pontificios y Venecia...


Volcado en su política exterior, se casó cuatro veces y cuatro acabó viudo: con la infanta María de Portugal, María I Tudor -reina de Inglaterra-, la princesa francesa Isabel de Valois y con Ana de Austria, su sobrina, y con la que tuvo al fin a su hijo varón y heredero. Aún así, Felipe II confiaría siempre en la valía de sus dos hijas, Isabel Clara Eugenia -que llegó a ser gobernadora de los Países Bajos - y Catalina Micaela, ambas tenidas con su esposa francesa. 




El largo reinado de Felipe II permitió además consolidar varios logros, como la unidad peninsular tan deseada por sus bisabuelos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, potenciar el poder de los secretarios reales -mermando el de la nobleza, a pesar de la traición personal de uno de ellos, Antonio Pérez- y el desarrollo administrativo y judicial de los Consejos.

  • Biografía de Felipe II, aquí y aquí. 
  • Un interesante resumen sobre Felipe II, aquí. 
  • Felipe II fue un rey austero que impuso una rígida etiqueta en el vestir de la Corte, aquí. 

El nombre de Felipe y España (1): Felipe I

Hace unos días asistíamos (bien en directo, bien en la calle, por las redes sociales, a través de la televisión) a la proclamación del nuevo Rey Felipe VI de España.

¿Y qué podemos decir de los otros Felipes que han reinado en España? Felipe I de Borgoña (1478-1506) fue rey consorte de Castilla, al estar casado con Juana I (1679- 1555) -popularmente conocida como la loca. Los Reyes Católicos practicaron una política exterior en Europa afianzada en el matrimonio de sus hijos con príncipes y princesas de otros reinos, con el objetivo a medio plazo de aislar a su natural enemigo, el reino de Francia. 


Así, se decidió el matrimonio entre Juana y Felipe, Archiduque de Austria, hijo del emperador Maximiliano de Austria y de María de Borgoña; la ceremonia sería doble, porque a cambio el emperador cedía a su hija Margarita de Austria para casarse con el príncipe Juan de Castilla. Y mucho debió de sufrir la castellana cuando llegó a la corte borgoñona en 1496, pues contó con la oposición de los nobles francófilos y las aventuras amorosas de su marido, bien conocidas por ella, y a pesar de las cuales no pudo no enamorarse perdidamente de él, hasta sufrir esos celos patológicos que le valieron el apodo histórico de La loca. Seis hijos nacerían de este matrimonio: Leonor (futura reina de Portugal y Francia), Carlos (futuro rey de España y emperador), Isabel (futura reina de Dinamarca), Fernando (que será emperador tras la abdicación de su hermano), María (futura reina de Hungría) y Catalina (futura reina de Inglaterra). Cuentan, sin embargo, que cuando se conocieron (unos días después de la llegada de Juana a la corte borgoñona) que la atracción entre ellos fue patente para todos...

Hijos de Juana I y Felipe I

Al morir los hermanos mayores de Juana I, así como su sobrino portugués, hijo de su hermana Isabel, Juana es nombrada Princesa de Asturias, por lo que se impone le regreso a la península. La llegada de Felipe I está marcada por las enfermedades, porque muy pronto contrae sarampión y unas fiebres que obligaron a retrasar el reconocimiento de Juana como heredera por parte de las Cortes de Aragón. Recuperado, vuelve a sus territorios flamencos, agudizando con su marcha los celos y angustia de Juana, que se queda junto a sus padres. Aprovechando su vuelta a Flandes, Fernando aprovecha para estrechar lazos diplomáticos con el rey de Francia, pese al horror de sus suegros, que no veían estas relaciones con buenos ojos. 

Cuando muere Isabel, Juana es declarada Reina de Castilla, pero Felipe intenta disimular la enfermedad psicológica de su mujer, dado que su suegra sospechaba desde hacía tiempo que su hija no estaba en condiciones de gobernar, estableciendo una cláusula en su testamento que permitía a su esposo Fernando ser regente de Castilla en caso de confirmarse la incapacidad de Juana. Felipe I mantiene desde entonces una tensa relación con su suegro. 

Sin embargo, corto iba a ser el gobierno de Felipe I como Rey de Castilla: llega a la península un 8 de enero de 1506 y el 16 de septiembre enferma gravemente por una fiebres. Aunque intenta hacer su vida normal, empeora rápidamente y fallece en Burgos, acompañado en su agonía por su esposa, el día 25 de ese mes. La rapidez de su fallecimiento hizo que pronto corriera el rumor de que había sido envenenado. Su corazón fue enviado a Bruselas, y su cuerpo en Granada, por orden de su hijo.



El nuevo Rey, Felipe VI, y su escudo de armas.

Hace unos días recibíamos  la noticia de la decisión del Rey Juan Carlos I de abdicar la Corona de España. Hoy el foco de la linterna de la Historia iluminaba Madrid, en el acto de proclamación del nuevo Rey, Felipe VI.


Se presentaban hoy las Armas oficiales de Su Majestad, que muestran algunos cambios respecto a las de su padre, el Rey Juan Carlos.
Escudo de Armas de S.M. Juan Carlos I de Borbón
El escudo de Armas del Rey Juan Carlos I es cuartelado, presentando, en distintos colores (gules o rojo y plata) el castillo dorado del Reino de Castilla, el león rampante linguado de Castilla, cuartel en oro y gules de Aragón, la cadena en orla, cruz y aspa de Navarra, la granda hojada del Reino de Granada y, por último, en el centro, tres flores de lis, símbolo de la dinastía borbónica. Acompañan todo la cruz roja de Borgoña y el yugo y flechas de los Reyes Católicos. Rodea el escudo el Toisón de Oro y lo remata la Corona de España con cinco florones visibles y una cruz sobre un globo. El Rey Juan Carlos, además, usa el color azul como fondo de bandera y estandarte de su escudo de Armas. 

El Rey Felipe VI ha elegido un escudo de Armas con algunos cambios, consultando con la Real Academia de la Historia, pues estos símbolos son, en sí mismos, un recordatorio de la Historia del país y de su evolución a lo largo de los siglos. 

Escudo de Armas de S.M. Felipe VI de Borbón.
El escudo de Armas del Rey Felipe VI, que ha ondeado hoy por primera vez, se usa con el fondo carmesí tradicional, anterior a 1833 -cuando se empleó el morado y luego el azul. Se presenta también cuartelado y con los mismos símbolos en los cuarteles que el de su padre, aunque el león rampante aparece en púrpura. La Corona es también muy similar, con algunas variaciones de color en algunos puntos y el forrado en rojo. Desaparecen la cruz de Borgoña y el yugo y las flechas, elementos personales empleados por S.M. Juan Carlos I, posiblemente a fin de darle su propia personalidad. Estas Armas ya eran propiedad de Felipe VI siendo Príncipe de Asturias, siendo reguladas en el 2001, aunque con la distinción de un lambel (un pequeño anexo de tres salientes, en azul, con el que se identifica simbólicamente en España al Príncipe de Asturias) y una Corona de tres florones, la propia también del heredero. 


  • Armas del Rey Juan Carlos I, explicadas con lenguaje heráldico, aquí. 
  • Armas del Rey Felipe VI, aquí. 
  • El reinado de Juan Carlos I, aquí. 
  • La figura del nuevo Rey, Felipe VI, aquí. 
  • Funciones del Jefe de Estado, aquí. 
  • Dossier de la Casa Real española sobre la abdicación del Rey Juan Carlos I y el acto de proclamación del Rey Felipe VI, aquí. 
  • Página web oficial de la Casa Real española, aquí. 
  • Vocabulario heráldico, aquí. 

Repaso del mapa político de España.

No es la  primera vez que uso el programa Educaplay en mis clases de Geografía (y también en las de arte griego). Ahora, con el final de curso, aprovecho las últimas horas para repasar el mapa político de España, a través de algunas actividades creadas por mí. Podéis comprobar vuestros conocimientos pinchando aquí.


El Museo Arqueológico de Madrid reabre sus puertas.

El Museo Arqueológico Nacional de Madrid abre sus puertas el próximo 1 de abril, tras dos años dedicados a su remodelación. 



Doña Amalia de Llano, condesa de Vilches.


 Sí. Lo admito: tengo debilidad por los marcapáginas de temática histórica o artística (¿pueden separarse realmente ambas disciplinas?); ya lo he contado aquí en otras ocasiones. Y en mi última visita al Museo del Prado no pude resistirme a regalarme este: un fragmento de uno de mis retratos favoritos. 

Doña Amalia de Llano y Dotres (1821-1874) se casó en 1839 con Gonzalo José de Vilches y Parga, primer conde de Vilches. Mujer con algunas dotes literarias y amante de la literatura (llegó a escribir dos novelas y a participar en pequeñas obras de teatro representadas en su casa), frecuentaba la casa de su amigo, el pintor del Romanticismo Federico Madrazo, quien organizaba con cierta frecuencia encuentros musicales, en los que la dama llegó a cantar. 

Fue él quien la retrató en 1853 de forma magistral, resaltando la blanca piel de la mujer -seguramente acentuada su blancura con polvos de arroz, tan de moda en la época-, que destaca sobremanera gracias al elegante vestido de tafetán de seda azul con abultada falda de volantes. Sobre un brazo del asiento, un echarpe de terciopelo bordado en carmesí y dorado, y como únicas joyas, dos elegantes y sencillos brazaletes y una sortija. También su peinado está especialmente cuidado, como si la mujer estuviera esperando invitados -o coqueteando, dado su aire sencillo y sensual-: el pelo recogido en una trenza que actúa como diadema, y dos casquetes ahuecados en los lados de la cabeza. Destacan la mirada brillante de la mujer, la postura de su cuerpo -que rompe con la rigidez de los retratos aristocráticos del s. XIX y las cuervas de ella y del propio cuadro (el pintor llegó a romper con las aristas del lienzo, pintando sus esquinas con un marco falso)

Madrazo juega con el fondo oscuro del cuadro, un retrato poco frecuente en los ambientes madrileños del momento, facilitando con la pose natural que destaque aún más la blancura de la piel de la mujer: la mano que apenas roza el óvalo de la cara, la otra sujetando como si nada un abanico, la mirada fija en el espectador y una sonrisa encantadora. 

Es muy posible que la estrecha amistad que había entre los dos, ambos en la treintena en el momento del cuadro, favoreciera la sencillez y complicidad de la obra. Federico Madrazo se aleja de la retratística de la Corte española del momento, más afín a tomar distancias entre retratado y espectador; la sensualidad de esta mujer y la atmósfera del cuadro recuerda al estilo de Ingres, pintor amigo de la familia Madrazo.

  • Una interesantísima explicación de esta obra del Museo del Prado, aquí.
  • ¿Eres capaz de hacer el puzzle hecho a partir de esta obra? Aquí.
  • Un pequeño comentario, aquí.
  • No te pierdas este breve relato hecho a partir de la descripción de esta mujer, aquí.
  • Esta obra, en el Museo del Prado (Madrid), aquí.