Los dioses griegos eran físicamente muy cercanos a los hombres, ya que tenían su aspecto (antropomórficos), pero especialmente magníficos, bellos, casi radiantes; compartían con los humanos deseos y caprichos -de sobra es bien conocido que se entretenían con las aventuras de héroes y mortales-, así como una estructura familiar más o menos estable.
Pero dos cosas fundamentales diferenciaban a los dioses de los hombres: eran inmortales y no tenían edad (aunque sí podían sufrir daños físicos que, sin embargo, se cuidaban sin problemas). Nacían, crecían y se desarrollaban, pero eran eternamente jóvenes una vez lograda su madurez. Por sus venas no corría vulgar sangre, sino icor, un líquido divino propio de los inmortales.
Su alimento era un verdadero manjar -y robarlo suponía un tremendo castigo para los mortales que osaban intentarlo-: néctar (miel) y ambrosía (hidromiel); algunos dioses podían sufrir el castigo de estar privados de su comida durante un año -terminado el cual eran desterrados del mundo divino por otros nueve-, cayendo en un estado similar al coma.
Además, los dioses griegos tenían grandes capacidades humanas, pero muchísimo más desarrolladas: podían trasladarse de un sitio a otro, pero en muy poco tiempo, transformarse a voluntad en otros seres u objetos, veían cosas a grandes distancias y actuaban sobre el mundo mortal desde su morada celestial.
Pero dos cosas fundamentales diferenciaban a los dioses de los hombres: eran inmortales y no tenían edad (aunque sí podían sufrir daños físicos que, sin embargo, se cuidaban sin problemas). Nacían, crecían y se desarrollaban, pero eran eternamente jóvenes una vez lograda su madurez. Por sus venas no corría vulgar sangre, sino icor, un líquido divino propio de los inmortales.
Su alimento era un verdadero manjar -y robarlo suponía un tremendo castigo para los mortales que osaban intentarlo-: néctar (miel) y ambrosía (hidromiel); algunos dioses podían sufrir el castigo de estar privados de su comida durante un año -terminado el cual eran desterrados del mundo divino por otros nueve-, cayendo en un estado similar al coma.
Además, los dioses griegos tenían grandes capacidades humanas, pero muchísimo más desarrolladas: podían trasladarse de un sitio a otro, pero en muy poco tiempo, transformarse a voluntad en otros seres u objetos, veían cosas a grandes distancias y actuaban sobre el mundo mortal desde su morada celestial.

