Las aventuras de Hércules (7): las aves de Estínfalo

Las orillas del lago Estínfalo, a los pies del monte Cilene, eran un lugar perfecto para las enormes bandadas de aves de la zona...

Por eso este fue el siguiente trabajo que se le encargó a Hércules. No parecía que fueran a ser muy problemáticas para el héroe, ya que se asemejaban a enormes gansos, con cuerpos cortos, patas y pico de bronce y cuellos muy largos... y él conocía la zona porque había nacido allí. Estas aves, sin embargo, se defendían tirando a su antojo sus plumas metálicas sobre los que pasaban por allí, devorando luego su cuerpo; y esto sólo lo hacían... si percibían que la persona no estaba armada, pues si era al contrario, huían.

Cuando llegó allí no supo por dónde empezar, ya que de forma sigilosa no lograba acercarse, pues el terreno era muy blando y se hundía. Pero, afortunadamente, los dioses olímpicos siempre andaban cerca. Sucedió que la diosa Atenea llegó al lugar estando allí el héroe, y este le contó su problema. Es bien sabido que a Atenea le gusta meterse en las historias de los grandes hombres griegos, de forma que le regaló unas castañuelas de bronce hechas por Hefesto, para que hiciera ruído.

Hércules no sabía si aquello iba a funcionar, pero por si acaso se subió al monte y cuando desde lo alto tenía todo el lago a sus pies, empezó a tocar el instrumento. El ruído semejaba una selva ardiendo; los pájaros, espantados, se dirigieron a toda prisa hacia él, emitiendo agudos gritos. El héroe se defendió abatiendo a algunas de las aves con sus flechas, pero la mayoría de las aves no regresó al lago -algunas, de hecho, fueron vistas por los argonautas en el Mar Negro.