Casas romanas y mis alumnos de Latín.

Estos días son los últimos de la primera evaluación para mis alumnos de Latín de 4º de ESO, y a punto de cerrar la primera nota global, me llegan vía mensajería los trabajos trimestrales que les pedí hace dos meses.

Aquí os dejo la presentación hecha por mi alumna Sandra Pardo sobre las casas romanas: 


Procrastinación y el cómo empezar una tarea

Este curso soy tutora de un grupo de 4º de ESO; los temas a tratar en la sesión semanal de tutoría son nuevos para mí, en su mayoría, pero tras estos primeros meses de curso he observado que mantienen la misma línea que mis tradicionales grupos de tutoría de 1º o 2º de ESO: el problema de cómo gestionar el tiempo en clase y fuera de ella, empleándolo no sólo en aspectos académicos, sino también en las distintas cosas que realizan a lo largo de la semana. 

La tentación del "no puedo", "luego lo hago", "me da tiempo",.. es fuerte en la mayoría de este grupo con el que comparto seis horas semanales (que son muchas para un profesor de ESO, pues no es lo habitual): es decir, el cómo empezar y no dilatar en el tiempo el inicio de una tarea. El tema de la procrastinación, por tanto, ha sido hoy en la sesión de tutoría el eje central de la conversación. 

Os dejo aquí la presentación que he usado como guía:



Una de las posibles soluciones a la que más atención han prestado ha sido el avisar a otros de que se va a empezar a trabajar, aprovechando que el grupo está unido a través de una app de chat móvil. Me ha recordado, claro, a aquellas llamadas de teléfono de mi compañero de universidad Juan Ramón, con el que tenía largas charlas horas antes del examen y con el que me ponía de acuerdo para preparar las pruebas semanas antes. El hecho de comprometerse con otros -los iguales- y "quedar virtualmente" pasados unos 30 minutos de trabajo para comentar qué ha pasado, ha sido llamativo, por lo que he visto en sus caras -esos espejos que indican al docente cómo va el hilo de la clase.

La dinámica que he usado para romper el hielo y abordar el tema ha sido muy sencilla: compartir con ellos, como si tal cosa y sin dar explicaciones, una bolsa de palomitas de maíz: cuando se rompe el minuto 1 de afrontar una tarea, se es capaz de seguir con ella con fuerza de voluntad e inspiración. Como el iniciarse a comer palomitas de maíz: una vez cogida una, es inevitable -lo ha sido para varios de la clase- coger un puñado y mirar de reojo si quedan más...

  • Más sobre procrastinación, aquí.

Ío, Júpiter y la mitología griega

La luna Ío es uno de los satélites del planeta Júpiter, descubierta en 1610 por Galileo Galilei, y ha asombrado a la comunidad científica internacional al presentar en su superficie actividad volcánica, llegando a presentar al menos un lago de lava de 17ºC de temperatura (lo que es verdadero calor para un satélite que tiene 143º bajo cero de media...) y nos muestra una tonalidad anaranjada en su superficie. 

Pero Ío es mucho más... Porque en la mitología griega, Ío fue una princesa de Argos, nombrada por su padre sacerdotisa virgen de Hera Argiva, pero tan bella que el dios Zeus no pudo resistir la tentación de seducirla. Hera se enteró de esta relación -quizá la masa negra que Zeus solía crear cada vez que tenía una aventura extramatrimonial en la ciudad de turno era ya demasiado conocida para la diosa... A fin de escapar de la ira de su esposa, Zeus tocó a Ío, que quedó así transformada en una vaca, jurando que no había hecho nada. 


Hera, que no se fiaba en absoluto de su marido, pidió que le fuera entregada la vaca y la puso bajo la vigilancia de un guardián que no dormía nunca y vigilaba al animal a través de los miles de ojos que poseía por todo el cuerpo. De poco sirvió, porque cuenta que Zeus siguió viendo a su nueva amante aunque, eso sí, transformado en toro para la ocasión, hasta que, cansado de esconderse, le pidió a Hermes, patrón de los ladrones, que la robara. El robo le costó la vida al ladrón, que fue asesinado por Hermes de una pedrada.


Otros cuentan que Ío fue condenada a vagar errante por la tierra por parte de Hera, dificultando así a Zeus los encuentros amorosos con la joven, hasta que logró dejarla embarazada en Egipto tocándola con una mano, donde habría llegado en un largo viaje desde el norte de Grecia, Asia Menor, Siria y Fenicia. Junto al Nilo, Zeus le devuelve su forma humana, pudiendo dar a luz al nuevo hijo del dios, Épafo. La mitología egipcia se hizo eco de este hecho, asociando a Ío con la diosa Isis y a su hijo con el dios toro Apis. 

Épafo vivió en Egipto, dicen, casándose con Menfis, una hija del Nilo, fundando la ciudad que lleva este nombre y donde recibe adoración bajo su forma taurina de Apis. Su hija Libia fue raptada por Poseidón (cosas de familia).

Algo de todo esto debe recordar la Astronomía, pues Júpiter es el nombre romano de la divinidad griega Zeus... e Ío sigue dando vuelta alrededor de su amante...

Halloween y panellets.

Estos días observo cómo las clases de mi colegio y numerosos establecimientos se ven adornados por fantasmas, calabazas y arañas de distintos colores y tamaños: es la ambientación propia de la fiesta anglosajona -celta- de Halloween, que se remonta, posiblemente, al s. IV a.C. La finalidad: aplacar a los espíritus a base de banquetes ceremoniales y funerarios, costumbre muy típica de las antiguas culturas occidentales.


Pero es tiempo también de golosina: los antiguos romanos amasaban bolas dulces en estos días, los árabes hacían masas redondas de hojaldre y miel y en muchas mesas este fin de semana habrá golosas bandejas de buñuelos de viento y huesos de santo. Pero en la zona levantina de la península Ibérica y en Andorra el postre típico del 31 de octubre (y en menor medida, el 1 de noviembre) serán los panellets: unos pequeños bollos de masa de mazapán y frutos secos, sobre todo castañas y piñones, regados con moscatel. 

La tradición de los pequeños panellets se remonta, posiblemente, a las casas campesinas de los payeses catalanes, cuando, allá por el s. XIV, donde se hacían por estas fechas con los frutos recolectados (avellanas, almendras, piñones) y comidos tras ser bendecidos en la parroquia. Hay constancia escrita de esta costumbre ya en algunos recetarios del s. XVIII. En el s. XIX estos pastelitos se comían junto con castañas y vino, en cafés y fiestas privadas o de vecinos. 

Los hipopótamos egipcios son azules.


Hace unas semanas un amigo me regaló una alfombrilla para el ordenador; no es la primera vez que alguien, al pensar en un detalle para mí, recurre a un tema histórico. En esta ocasión se acordaron de mí en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

El objeto representado en mi nueva alfombrilla de ordenador se llama popularmente William, y es una reproducción de una pequeña estatuilla realizada en fayenza de esmalte azul, con decoración de plantas acuáticas, rememorando las marismas en las que vive el hipopótamo. La pieza original del museo se encontró en la tumba del mayordomo Senbi II, cerca de la moderna Asiut, durante el reinado de Sesostris I, de la XII dinastía; la cronología puede extenderse a su sucesor, dentro del final del s. XX a.C.

La presencia de figuras alusivas a animales sagrados es muy frecuente en el Antiguo Egipto: el carnero de Amón, la vaca de Hathor, el cocodrilo de Sobek, el ibis de Thot, el halcón de Horus, el escarabajo de Sepri,... El hipopótamo fue un animal ambiguo, pues como potencia destructora y peligrosa para los campesinos y pescadores egipcios, se asociaba al caos, a Set, pero representado como hembra se asimilaba a Taweret, una diosa de culto muy popular en el Imperio Nuevo. Esta divinidad tenía cuerpo de hipopótamo, cabellera y lomo de cocodrilo y patas de león: los tres animales considerados protectores de los niños y mujeres (de la misma manera que la hembra protege a sus crías), sobre todo de las embarazadas y parturientas. 

El color azulado de la estatua original, representado perfectamente en mi alfombrilla de ordenador, es un silicato de cobre de calcio: un pigmento artificial usado ya en el 5000 a.C y muy popular en el Imperio Nuevo en estatuas, sarcófagos y la fayenza, muy llamativa por su aspecto exterior vítreo brillante y su acabado suave. El color azul se asociaba en Egipto al cielo, el universo, el agua, y por lo tanto, al Nilo y a la vida.