Gamificación educativa: Sociales y Religión (1)

El mes de julio lo dedico a hacer revisión del curso, mirar los puntos fuertes, hacer desaparecer lo que no ha funcionado y buscar, coger o pensar cosas nuevas para el siguiente curso. Así es como llegué al tema de la gamificación, algo que en el ámbito educativo todavía está iniciándose de manera formal, pero sobre lo que tenemos ya excelentes ejemplos y experiencias circulando en la Red: el uso de herramientas y destrezas del ámbito lúdico en el mundo educativo.


Siempre he defendido que para un profesor la necesidad de reciclado es constante, pues los alumnos de hoy no son los mismos que los de hace quince años, cuando yo empecé a trabajar en esto de dar clase, ni serán parecidos a los que me encontraré en las aulas dentro de otros quince. Y dentro de esta necesidad de reciclaje, cuando un profesor encuentra a otro o a otros que comparten sus experiencias educativas, ahí hay un tesoro: un profesor quiere oir a otro explicar qué ha hecho, por qué, cómo lo ha hecho, qué resultados ha tenido y en qué se ha equivocado; y, a ser posible, poder mantener algo de contacto online con ese compañero, para contrastar sus ideas con las propias en el futuro. 

En mi camino veraniego de reflexión y reciclado me encontré en la Red dos grandes ejemplos de gamificación educativa que hicieron que cerrara la decena de pestañas abiertas en mi navegador para curiosear con más detenimiento ese "he hecho esto, por esta razón, así me ha ido": las ideas de los profesores José Luis Redondo (@jlred1978) y Javier Espinosa (@javiesping). En su blog Recursos geográficos, José Luis Redondo comparte sus experiencias de gamificación, tremendamente creativas y -algo que me llamó la atención-, también sus equivocaciones y propuestas de mejora. Javier Espinosa, en su blog Gamification Spain hace lo mismo, exponiendo al ojo de otros profesores sus pasos en el mundo de la gamificación, con experiencias reales y creíbles que pude conocer de primera mano en la Feria de Educación de SIMO 2014.

De la mano de estos dos profesores, adaptando sus ideas y siguiendo sus consejos, este curso me he puesto manos a la obra y he iniciado dos experiencias de gamificación con mis alumnos de Religión de 4º de ESO y con los de Sociales de 2º de ESO.

El temario de Religión de 4º de ESO resulta  ambicioso: un repaso más o menos extenso de toda la Historia de la Iglesia. En un contexto educativo que rechaza, en líneas generales, la presencia religiosa -que no catequética- en la Iglesia, y donde, además, se dan lacerantes casos de adolescentes de quince años que no son capaces de comprender un texto de un folio de extensión o de razonar y redactar ante un problema propuesto, me veía yo en septiembre con  el panorama de presentar el paso de la Iglesia por la Historia con mayor o menor éxito. Nació por eso Eclesiarte, con la pretensión de lograr la fidelización de mis alumnos (jugadores) a la temática, a través del logro de puntos e insignias (badges) y favoreciendo las actividades en grupo, el aprendizaje cooperativo (que no "trabajo en grupo", porque eso es otra cosa), la autoevaluación y que los alumnos se sintieran implicados en el proceso de aprendizaje de una asignatura que, por lo general, no entra en su ranking de favoritas. 


La evaluación de los alumnos al final del trimestre y mi propia autoevaluación dieron como fruto la necesidad de reajustes de cara a la segunda evaluación: una mayor adecuación de los puntos a conseguir a la dificultad de las tareas pedidas, una reducción del número de tareas y retos y el ir intercalando actividades en clase, individuales, grupales o en el aula de Informática. A la luz de los primeros resultados (puntaje, clasificaciones), los cambios introducidos han sido para bien. 

El trabajo con mis alumnos de Religión de 4º de ESO en la metodología de la gamificación me ha hecho reflexionar a lo largo de las vacaciones de Navidad, de cara a la puesta en práctica de sus estrategias con el grupo de Sociales de 2º de ESO. Detectados algunos errores (hay que enseñar a los alumnos a funcionar de nuevo, como cuando eran niños, con el sistema de puntos; gamificación no es sinónimo necesario de nuevas tecnologías o que es preferible comenzar despacio, con una experiencia en una unidad didáctica, por ejemplo), he comenzado en enero a aplicar este tema con mi grupo de 2º de ESO. 

El objetivo a conseguir hasta marzo es introducir a los alumnos de 2º en el sistema de puntaje, afianzar la colaboración entre iguales y acostumbrarlos al feedback constante. Como, en general, prefiero que los alumnos trabajen en clase y no en casa (los típicos deberes), el sistema de puntuación y feedback es inmediato para ellos. La herramienta que estoy utilizando, la que emplean algunos de mis compañeros de Primaria: Class Dojo; a pesar de su apariencia infantil -que pensaba que podría echar para atrás a mis adolescentes de trece y catorce años-, el primer contacto ha sido muy positivo y la sorpresa de poder tener puntos que se cambian por tiquets y premios durante las dos primeras semanas de esta evaluación, muy motivadora para ellos


Leda, Leonardo y la astronomía.

Sabemos por algunos dibujos preparatorios que el maestro Leonardo da Vinci (1452- 1519) tenía en mente preparar una obra pictórica sobre el mito clásico de Leda y el cisne; sin embargo, el italiano no lo realizó al final (o sí, pero no lo tenemos), aunque hay algunos ejemplos de este tema hechos por sus discípulos, lo que nos hace suponer a ciencia cierta el interés de Leonardo por esta obra. 


Leda, hija de Testio, rey de Etolia, se casó con Tindareo, rey de Esparta. Hasta ahí nada debería sorprendernos. Pero cuentan que la belleza y sensualidad de la joven era tal que despertó las ansias amatorias del dios Zeus. A fin de acercarse a ella, apareció bajo la forma de un cisne que estaba huyendo de un águila; buscando refugio, encontró protección bajo los brazos de Leda, que -casualmente- estaba desnuda, bañándose en las tranquilas aguas del río Eurotas. 

Fruto de este encuentro, Leda quedó embarazada; como aquella misma noche durmió junto al Tindareo, el resultado fueron cuatro hijos, nacidos a partir de uno o dos huevos (según las versiones): Clitemnestra, Helena de Troya, Cástor y Pólux. Tradicionalmente se considera que Pólux y Helena son hijos de Zeus, pero sus hermanos, no. 

Leda es hoy, además, un pequeño satélite irregular del planeta Júpiter (el Zeus griego), descubierto en 1974. Así, junto con el grupo de satélites al que pertenece (de los cuales, además de este, tres tienen nombre de amantes de Zeus: Himalia, Lisitea y Elara), gira eternamente alrededor del padre de dos de sus hijos...
  • ¿Y qué pasó con Tindareo y Helena? Aquí


Macarons e Historia en mi pastelería.

Catalina de Médicis
Hace unos días estuve en una de las pastelerías más o menos cercana a mi casa. En su escaparate siempre está presente una gran bandeja de pastas coloreadas muy llamativas... y de origen histórico: son los macarons, un dulce francés que en realidad debe su existencia francesa a la noble italiana Catalina de Médicis (Florencia, 1519- Francia, 1589), hija de Lorenzo II, y reina de Francia por su matrimonio con Enrique II. Catalina no saltó a la batalla política hasta la regencia ejercida durante la minoría de edad de su hijo Carlos IX, destacando en sus decisiones siempre por su tendencia a la unidad y la tolerancia religiosa, en un país dividido por entonces entre protestantes y católicos. 

Cuentan que la receta de este postre, formado por dos pequeñas galletas crujientes de almendra de poco grosor y unidas por crema densa, fue llevado por Catalina hasta Francia, donde tomó allí su aspecto definitivo y se presentaba como delicia final en las bodas de la nobleza, quizá por lo difícil de su elaboración. Las distintas combinaciones de colores y rellenos son modernas, resultado de la obra culinaria de dos pasteleros franceses del s. XX: Pierre Hermé y Pierre Desfontaines, que mantienen la receta tradicional de rellenos de fresa, chocolate, pistacho o vainilla y han introducido nuevos sabores en su relleno, como pétalos de rosa o foie-gras.



  • Receta básica, aquí




La Infanta de Las meninas.

Hace unos días estuve con mis alumnos de 4º de ESO en el Museo del Prado, en Madrid: una visita más o menos rápida, cuasi tradicional ya y obligada por lo de "escolar". Como no pude resistir a mi particular tentación, un nuevo marcapáginas se ha agregado a mi colección tras la visita: la imagen de la Infanta Margarita de Austria, personaje central del cuadro de Las meninas o La familia de Felipe IV, del genial Velázquez

Margarita María Teresa de Austria (1651- 1673) fue la segunda hija de Felipe IV, pues ya tenía otra, la Infanta María Teresa, de su matrimonio anterior con Isabel de Borbón. La madre de Margarita fue Mariana de Austria, archiduquesa de Austria, sobrina de Felipe IV, regente de España y uno de los personajes de mayor importancia política de mediados del s. XVII. El nacimiento de esta niña casi le valió la vida a su madre, tras un día entero de duro parto, del que se recuperó casi tres meses después, y el disgusto de su padre, que no tenía heredero varón todavía; acabó siendo, sin embargo, la hija favorita del rey.

Posiblemente, lo más importante de la vida de la Infanta Margarita fue la cuestión de su matrimonio, que se convirtió en un asunto de Estado. Aunque en España eran sus hermanos varones los que tenían preferencia en asuntos de herencia dinástica, las mujeres mantenían sus derechos hasta su boda y se convertían, así, en piezas fundamentales en el juego político, pues transmitían los derechos sucesorios a sus hijos a hijas. En este caso, el matrimonio de esta joven era crucial: por tradición familiar, el primer candidato fue siempre Leopoldo I (1640- 1705), emperador del Sacro Imperio Germánico tras la muerte de su padre y de su hermano mayor, y, además, tío de la Infanta, pues era el hermano de la reina Mariana de Austria; el hecho de que la niña tuviera, desde bien joven, a la esposa del embajador alemán como preceptora, para aprender el idioma, atestigua este hecho.

Pero Felipe IV dilató la decisión de la boda de su hija hasta que esta contó cerca de catorce años, por diversas razones, siendo dos los más importantes: el dinero de los esponsales (los Habsburgo españoles estaban prácticamente arruinados) y la posibilidad de casarla con Carlos II de Inglaterra, a fin de evitar el matrimonio de este con una de las portuguesas de la Casa de Branganza, con la que España se encontraba entonces en guerra. El rey español barajaba, además, la posibilidad de retrasar esta boda lo máximo posible, pues evitando su matrimonio, la Infanta no perdería sus derechos sucesorios y, hasta el nacimiento de su hermano Carlos (el futuro Carlos II), era considerada heredera universal. 

La cuestión sucesoria de Felipe IV fue un asunto candente: su primera hija, la Infanta María Teresa, había sido casada con su primo Luis XIV de Francia, perdiendo sus derechos sucesorios al hacerlo. Del primer matrimonio de Felipe IV nacerían siete hijos, pero cinco de ellos murieron siendo niños y sólo sobrevivió, finalmente, la Infanta. De su segundo matrimonio tuvo cinco hijos, pero tres de ellos murieron siendo bebés, y la mala salud del futuro Carlos II no auguraba nada bueno (aunque esto ya no lo vivió Felipe IV).

Al emperador Leopoldo I se le ofreció la mano de  su sobrina mayor, la Infanta María Teresa, pero tras la boda de esta con el rey de Francia (algo de lo que se enteró por los mentideros de la Corte, dicen) en aras de la necesaria paz entre España y Francia, presionó para poder casarse con su otra sobrina, Margarita. El hecho de que su hermana Mariana fuera reina de España y después regente del país quiso ser aprovechado por él y sus embajadores (la reina se rodeaba de damas e hijas de embajadores alemanes), aunque pronto se reveló que la reina no se iba a dejar dominar por la situación (y el testamento de Felipe IV no dejaba explícitamente dispuesto este matrimonio).


Margarita de Austria es casada finalmente por poderes y llega a Viena en diciembre de 1666; la recibe un espléndido ballet ecuestre, dos ostentosos palios en el patio central del palacio de Hofburg y una representación operística de tema mitológico. Parece ser que la afinidad entre la joven y su tío- esposo fue notoria, pues ambos compartían no sólo la fe católica, sino también el gusto por la música y el teatro. Los intereses de la joven emperatriz nunca fueron por el terreno político, pero sí tuvo claro desde el principio su misión: otorgar un heredero a la casa de Habsburgo alemana; su matrimonio había servido para unificar de nuevo a las dos ramas de la familia y asegurar la candidatura de Leopoldo I al trono español, en caso del fallecimiento de su débil hermano Carlos II. 

Su objetivo maternal le costó la vida: sus hijos, todos archiduques de Austria, murieron siendo niños: Fernando Wenceslao (1667-68), Juan Leopoldo (1670) y María Ana Antonio (1672), sólo sobreviviendo María Antonia (que sería la madre de José Fernando de Baviera, candidato al trono español en la agonía de su tío Carlos II). Margarita de Austria moriría en el parto de su hija María Ana, y su cuerpo reposa en Viena.