Helio, Faetón y el carro del Sol.

Hoy estaba decidida a escribir sobre el rey babilonio Hammurabi; vamos, estaba clarísimo, ya que esta semana mis alumnos de 1º ESO están sufriendo que el personaje en cuestión se decidiera a mandar poner por escrito el primer código de leyes de la Historia. Pero el comentario de Jesús en una entrada anterior me he hecho recordar que sí hubo héroes de la mitología griega que salieron volando -vale, que ya sé que habéis oido hablar de Ícaro-, pero también algún que otro dios...

Y ese fue Helio, el hijo de Hiperión y Tea, que todos los días se paseaba por el cielo de oriente a occidente con el carro del Sol. Por la noche, cansado pero orgulloso de su paseo, regresaba a su casa en el Norte, navegando en una barca dorada por el río Océano, que rodeaba la Tierra... Helio era deslumbrante, todo dorado, con su yelmo brillante, sus cuatro bellísimos caballos blancos de crines de oro: nadie podía mirarlo sin quedar impresionado.

Pero Helio tenía un hijo, Faetón, criado en Egipto, al que nunca visitaba mucho; y la gente se burlaba de él porque miraba siempre al cielo para ver a su padre por las mañanas. Nadie se creía que era el hijo de un dios. Y un día decidió demostrárselo a todos: le pidió a su padre que por un día le dejara conducir su carro del Sol. Pero no contó con que los caballos se sentirían libres, no guiados por la mano segura de Helio.

Faetón se dejó llevar... Quiso que todos en su tierra supieran quién era y lo que era capaz de hacer, de forma que bajó tanto el brillante y ardiente carro de su padre que la fértil tierra de Egipto -por aquel entonces- se quemó, convirtiéndose en el desierto que es hoy, salvo la delgada línea del sagrado Nilo. Asustado, elevó el carro de su padre tanto que la luz y el frío se cerraron sobre la Tierra. Todos podrían haber muerto si Zeus no hubiera intervenido matando a Faetón con uno de sus certeros rayos...
Cayó su cuerpo abrasado a las aguas del Erídano -al que algunos llaman hoy Ródano. Las ninfas, entristecidas, acudieron a su lado para intentar regresarlo a la vida; el corazón de Zeus se apiadó y transformó sus lágrimas en gotas de ámbar y a las bellas mujeres en álamos plateados que alivian el calor de las orillas de los ríos...

Mientras tanto, Helio, apenado, encontró su carro en Etiopía. El calor de su fuego había abrasado todo a su alrededor. Viajó despacio ese día. Las tinieblas de un eclipse cubrieron la tierra...


Jasón y los argonautas (12): la huída. Final.

Llegaron a la ciudad con el tiempo justo: quedaban apenas unas horas para el amanecer. En el puerto encontraron a Apsirto, el hermanastro de Medea, que se unía a los argonautas -aunque hay otra versión sobre esto, como puedes leer aquí. Levaron anclas y al llegar las primeras luces, el vigia se dio cuenta de que a lo lejos avanzaba una nave a velocidad superior a la normal... o a lo natural: Medea se dio cuenta de que su padre, el rey Eetes, estaba haciendo uso de sus poderes mágicos para dar alcance al Argos.

Pero Medea ya había previsto esto y lo tenía claro; ni los argonautas, tan héroes e hijos de dioses ellos se lo hubieran imaginado: la princesa clavó un puñal en su hermanastro, asesinándolo, corto su cuerpo en pedazos y los fue echando al mar. El rey, horrorizado, frenó el ritmo de su persecución para ir recogiendo los fragmentos del cuerpo de su hijo, con lo que el Argos pudo escapar...

Jasón y los suyos lograron volver a Yolco, superando a las sirenas contra las que había luchado Ulises... Y fue rey, claro, porque así estaba escrito y Zeus y Hera habían logrado lo que querían: que el vellocino regresara a Grecia. Se casó con Medea y hasta tuvo dos hijos con ella, pero realmente amaba a una princesa de Corinto; Medea, atacada por los celos, mató a Creúsa con un vestido envenenado y luego a los hijos que Jasón había tenido con esa mujer.

Y su fin, el fin del héroe que había atravesado medio Mediterráneo, cuentan las leyendas que fue terrible: los dioses le habían destinado una triste muerte, aplastado por el mascarón de su nave -el regalado por Atenea- mientras contemplaba el barco en la playa... O, tal vez, la diosa Hera, apidada por el destino amoroso de Jasón, había desenganchado el mascarón de la nave...

Aquí puedes leer algunas cosas más de la historia de Jasón.

Hoy comemos en Egipto


Te equivocas si piensas que los antiguos egipcios sólo pensaban en la muerte; aunque te entiendo: te fascina la Esfinge y no comprendes cómo pudieron hacer las pirámides -de hecho, siempre me topo con algún alumno que me habla de la intervención de los extraterrestres...

Supongamos que te encuentras en Abusir -por ejemplo. No te despistes: el mercado está lleno de vendedores y artesanos: carniceros, panaderos, pasteleros, catadores de vino y cerveceros. Te paseas siendo Sinuhé y estás impresionado: todo lo que te rodea habla de abundancia: agua, miel, aceite, frutas (peras, ciruelas, melocotones), rebaños y dulces. Sobre todo, dulces, porque eso a los egipcios les encanta. Pero has acudido al mercado, tienes invitados a la tarde y quieres preparar algo especial que no puedan olvidar.

La abundancia de comida es tal que no sabes qué escoger: higos, buen vino del Delta, pepinos, carnes, aves de caza, sandías, un melón muy dulce o algo de pescado... Cuentas con las recetas de la abuela de tu abuela, porque siguiendo la tradición, no sólo te gustan las buenas comidas que provienen del extranjero (especias, pescados), sino que aprendiste lo que en la cocina de tu familia pasaba de generación en generación. Y ya eso lo atestigua la tumba de tus antepasados, donde están satisfechos con sus manjares en el más allá: grandes cantidades de vino,cerveza y dulces, así como dieciséis tipos de pan y diez clases diferentes de carnes...

Finalmente te decides por lo que sabes que será un éxito seguro, y al llegar a tu casa, das las órdenes oportunas a tus sirvientes: preparar la sala de la cena con esteras infantiles para sentarse y las banquetas de los invitados, así como platos y cucharas en la mesa alrededor de la cual se sentarán tus invitados (los hombres y las mujeres separados, por supuesto, unos a un lado de la mesa y otros al otro); en las cocinas se trocea la carne de buey que has comprado al final y se asa una oca al mismo tiempo, mientras que algunos rellenan las jarras de vinos variados.

Para demostrar tu poder ecónomico indicas, además, que se sirvan algunas aves de caza, propias de una buena mesa. Indicas que nadie se olvide de la sopa de verduras y las cebollas asadas, pato con frutas y el pescado a la parrilla. Al ser una ocasión especial, además, has pedido con antelación que se prepare una gran bandeja de pasteles de higos y dátiles que luego se repartirán entre los pobres. Por supuesto, un buen acompañamiento musical servirá de entretenimiento a tus amigos.

Lee un interesante artículo sobre las comidas egipcias pinchando aquí.
Aquí sabrás qué era eso de la cerveza egipcia.
Y si te gusta el mundo egipcio, pásate por
aquí.


Jasón y los argonautas (11): el robo del vellocino de oro

Eetes no tuvo más remedio que cumplir su palabra empeñada . Pero Medea, más sabia que su padre, intuyó el peligro: él pretendía matar a su amado Jasón.

La princesa avisó al héroe de que el rey Eetes tenía pensado mandar a sus soldados a la Argos para matar a los aventureros durante el sueño, una hora antes del amanecer; osada, le indicó además que justo en ese momento la nave debía zarpar, con ella dentro, pero que era imprescindible que alguien tocara una dulce música... Jasón sabía que Orfeo era la persona indicada, pero Medea no quiso decirle cuál era el plan salvador, a pesar de insistir.

Cuando se hizo de noche, Medea ensilló tres caballos y se dirigió al bosque, acompañada por Jasón y Orfeo. Sólo se oía el ruído de los cascos y el ulular de los búhos. Al fondo, en un montículo, brillaba una extraña luz. Cuando se acercaron se dieron cuenta de que los árboles eran los que brillaban; tenían ante ellos el vellocino de oro: el bosque era sagrado y el velocino, la fuente del resplandor.

El vellocino era guardado por un temible y gigantesco dragón serpiente; Jasón, que por eso era un héroe, ya estaba dispuesto a enfrentarse a él con toda la fuerza de su espada, pero Orfeo se le adelantó, a instancias de Medea: las cuerdas de su lira sonaron envolviendo con su música el aire... dejando dormido al monstruo. Jasón subió velozmente por el árbol y cogió el vellocino, para escapar después rápidamente dejando al dragón ignorante del robo cometido...

Miguel Ángel y el bloque de mármol.


Miguel Ángel es uno de los genios, uno de los inmortales...

Cuenta la Historia -y la historia- que paseando un día con unos amigos se paró ante un gran bloque de mármol, brillante, casi deslumbrante. Sus amigos le apremiaban para continuar la marcha... Él se giró: "dentro de este bloque de marmol hay un ángel, debo sacarlo".

Y sigue la historia -y la Historia- contando que no paró hasta que aquél ángel logró desplegar sus alas...

El tremendo David también estaba dentro de un bloque de mármol... pero esta es otra historia...