Cuento egipcio: El clavo.

Dicen que una vez hubo un hombre que se quedó tan pobre que no tenía nada para comer, pagar su casa y sostener a su anciana madre. Llegó a sus oídos que vivía en su ciudad un comerciante sin escrúpulos que compraba a objetos a los pobres y luego los revendía a los más ricos al triple de su valor. Agobiado por sus deudas, se dirigió a él, ofreciéndole su casa.

El usurero se acercó a la casa para conocerla y cerrar el trato con el hombre pobre. Pero cuando llegó el momento, este le dijo:
- Te vendo la casa entera, pero este clavo que está en esta pared no te lo vendo.

El mercader aceptó la propuesta sin hacer preguntas. El hombre pobre se fue junto a su madre para contarle lo que había hecho: ya no volverían a pasar hambre en un tiempo. Pero su madre le recriminó la acción: ¡no tendrían sitio donde cobijarse del frío de la noche! El hijo quiso tranquilizarla:
- No te preocupes, madre. No he vendido el clavo de la pared...

Al día siguiente se marchó al mercado y compró unas pieles; después, fue a ver al usurero para decirle que iba a colgarlas en el clavo que no le había vendido. El comerciante no vio ningún problema y se despidió de él. Pero cuando las pieles empezaron a cuartearse y desprender un olor nauseabundo, el mercader fue a buscarle para pedirle que las retirara de su casa, pues iba a acabar muriendo asfixiado por el mal olor.

El hombre pobre le pidió disculpas:
- Lo siento mucho, pero, como sabes, no tengo ningún otro sitio donde colgarlas, ya que te vendí mi casa.

El usurero se enfadó y, furiosamente, le insultó: ¡le había engañado! Sin embargo, estaba dispuesto a retirar su trato si le devolvía el dinero que le había dado por la casa. El hombre, sin embargo, se plantó delante de él con las manos extendidas: lo lamentaba mucho, pero se había gastado todo lo que había recibido en la venta, de forma que no podía devolvérselo.

El mercader se puso a dar alaridos y patalear, maldiciéndole a él y a toda su familia, deseando que los cocodrilos devoraran su cuerpo y que nadie de su familia pudiera decir su nombre tres veces hacia el desierto cuando muriera. Mientras, las pieles apestaban con su fétido olor, haciendo imposible seguir hablando:
- ¡Quédate con la casa! No quiero verte a ti ni a nadie de tu familia nunca más -le gritó, mientras empujaba a su mujer y sus hijos fuera de la casa.

El hombre, que ya no era pobre, fue a buscar a su anciana madre para contarle lo sucedido...

4 aportaciones:

Antonio dijo...

esto me recuerda el ingenio chileno para salir adelante en las peores dificultades, interesante aporte

Cayetano dijo...

Pues nada, a los que les vayan a embargar la casa ya saben lo que tienen que hacer.
Un saludo.

Negrevernis dijo...

Antonio,
la astucia es internacional...
Un saludo.

Negrevernis dijo...

Cayetano, no sé yo si los bancos van a ver esta propuesta con buenos ojos...
Un saludo.