Las virtudes del hombre romano (1)

Delenda est Carthago.

(M. Porcio Catón)

Así acababa siempre el censor sus discursos, fruto de su odio a la ciudad de Cartago, a la que consideraba fuente de corrupción para Roma, por su lujo y riquezas. Muy poco después de su muerte, Cartago era arrasada, aunque no como castigo por su inmoralidad, como hubiera dicho Catón... Pero esta es otra historia...

Catón el Viejo (232- 147 a.C) representa algunas virtudes deseables en el hombre romano. Campesino de origen, dejó sus aperos para emprender la carrera política: censor, cuestor, edil, pretor y cónsul; se enfrentó a Aníbal y luchó en Zama, además de sofocar una rebelión en la Hispania Citerior, que le aportó, tras la venta de los capturados como esclavos, unas cuatiosas riquezas. 

Es su labor como censor lo más importante desde el punto de vista de la virtud romana, pues encarna la gravitas y la severitas: la gravedad, la serenidad y dignidad que se esperaba de un buen ciudadano romano: en sus discursos en el Senado criticaba con dureza las costumbres griegas, que consideraba debilitaban a los romanos, así como el libertinaje de los jóvenes, los discursos vanos, la sexualidad incontrolada, las amistades incontroladas y, en general, la falta de moralidad. Su vida fue austera hasta el extremo, como coherencia contra la corrupción pública y privada que combatió en su vida (lo cual no impidió que llevase a cabo, bajo su mandato, una política de represión contra  los pueblos vencidos); se dice, por ejemplo, que llegó a expulsar del Senado a un hombre al que había visto besar a su hija en público.