La evolución del cráneo.













Cuando visitamos un zoo nos quedamos con frecuencia pasmados ante la visión de la jaula de los primates... No tengo yo muy claro si no será porque nos vemos un poco reflejados en los ojos del chimpancé, la gesticulación del gorila o su lejano parecido con nuestros propios rasgos...

Esa evolución que percibimos -pero que no nombramos- cuando estamos de visita se hace evidente también para un arqueólogo cuando puede comparar tranquilamente los cráneos de nuestros antepasados.

Y es que desde que aparecimos con mayor o menor suerte sobre la faz de la Tierra, allá por los 4 millones de años de antigüedad hasta hoy, nuestro cuerpo ha ido sufriendo adaptaciones que nos han permitido ir tirando. Sobreviviendo. Parece ser que el alimento y el medio natural han tenido mucho que ver en esto, ya que para comer carne cruda hace falta tener buenos colmillos afilados o para resistir a duras condiciones de frío es mejor un tórax profundo y extremidades cortas...

Y así, observando diversos cráneos de forma cronológica, nos daríamos cuenta de que:
  • el tamaño de los molares y premolares es progresivamente menor, gracias a un cambio en la dieta y desaparecen los colmillos agudos salientes
  • la mandíbula se acorta y retrasa
  • aparece el mentón en posición retrasada
  • la frente se alisa, agranda y verticaliza
  • aumenta la capacidad craneana -y con ella, la posiblidad de acceder a un lenguaje y un mundo simbólico- y con ella, el tamaño del cráneo
  • los arcos superciliares se acortan y suavizan