Wei busca esposa.


Wei fue un muchacho noble que vivió durante la dinastía Tang; no tenía familia, pues sus padres murieron cuando él era muy joven, de forma que, llegada la edad de poder casarse, tuvo él mismo que buscar una bonita joven en la misma situación. Las familias de su pueblo le miraban con recelo, así que decidió viajar para buscar esposa en otro sitio.

Cuando llegó a la ciudad de Song, se alojó en una posada, y allí un hombre le habló de la hija del gobernador, y se ofreció para ir a hablar con él en su nombre. Decidieron quedar en el templo del dios de los matrimonios al amanecer del día siguiente, para terminar el acuerdo.

Impaciente, Wei llegó un poco antes de que amaneciera, y allí se encontró con un anciano que leía en un libro escrito en una extraña lengua. Preguntado, el viejo le dijo que él era un inmortal y que ese libro era el de los matrimonios. Curioso, Wei le preguntó si se casaría con la hija del gobernador, pero el anciano le respondió que sus pies estaban atados por una cinta roja a los de una niña que ahora tenía tres años, y que hiciera lo que hiciera para impedirlo, su destino estaba ya escrito.

El anciano acompañó a Wei a buscar a la niña, con la que, según el libro, se casaría cuando ella tuviera diecisiete años. La pequeña estaba en el mercado, cubierta de harapos, y en compañía de una mujer tuerta y feísima. Escandalizado, Wei se marchó precipitadamente, negándose a creer que aquel era su destino: ¡él, que procedía de una familia noble y desahogada, casado con una mendiga! Dispuesto a evitarlo, envió a un esclavo a matarla, a cambio de diez mil monedas. El hombre cumplió el recado, pero al recoger su recompensa, le advirtió que no había logrado matarlar, sino sólo clavarla un puñal entre los ojos.

Wei no logró casarse. Un año trabajaba en la ciudad de Shiangzhou; su superior, el gobernador del distrito, impresionado por su porte y eficacia, le ofreció a su hija como esposa: una bonita joven de diecisiete años. Wei estaba encantado, aunque un poco extrañado porque su mujer tenía un pequeño parche entre los ojos que nunca se quitaba.

Pasaron los años y una día decidió preguntarle a su mujer por el parchecito. Ella, llorando, le contó que se había quedado huérfana muy pequeña, y que su nodriza, una mujer muy humilde que tenía un puesto en el mercado, se había encargado temporalmente de ella; un día, un hombre le clavó un puñal en la frente. Con el tiempo, su tío, el gobernador, la había adoptado y cuidado como a su propia hija...

2 aportaciones:

Marina Camino dijo...

Uno de los mejores blog que he vsisitado.
Todo muy útil e interesante.

Sigue así por favor!




Un abrazo

Negrevernis dijo...

Gracias, María. Intentaré ir sacando tiempo...

Un saludo.