Doña Amalia de Llano, condesa de Vilches.


 Sí. Lo admito: tengo debilidad por los marcapáginas de temática histórica o artística (¿pueden separarse realmente ambas disciplinas?); ya lo he contado aquí en otras ocasiones. Y en mi última visita al Museo del Prado no pude resistirme a regalarme este: un fragmento de uno de mis retratos favoritos. 

Doña Amalia de Llano y Dotres (1821-1874) se casó en 1839 con Gonzalo José de Vilches y Parga, primer conde de Vilches. Mujer con algunas dotes literarias y amante de la literatura (llegó a escribir dos novelas y a participar en pequeñas obras de teatro representadas en su casa), frecuentaba la casa de su amigo, el pintor del Romanticismo Federico Madrazo, quien organizaba con cierta frecuencia encuentros musicales, en los que la dama llegó a cantar. 

Fue él quien la retrató en 1853 de forma magistral, resaltando la blanca piel de la mujer -seguramente acentuada su blancura con polvos de arroz, tan de moda en la época-, que destaca sobremanera gracias al elegante vestido de tafetán de seda azul con abultada falda de volantes. Sobre un brazo del asiento, un echarpe de terciopelo bordado en carmesí y dorado, y como únicas joyas, dos elegantes y sencillos brazaletes y una sortija. También su peinado está especialmente cuidado, como si la mujer estuviera esperando invitados -o coqueteando, dado su aire sencillo y sensual-: el pelo recogido en una trenza que actúa como diadema, y dos casquetes ahuecados en los lados de la cabeza. Destacan la mirada brillante de la mujer, la postura de su cuerpo -que rompe con la rigidez de los retratos aristocráticos del s. XIX y las cuervas de ella y del propio cuadro (el pintor llegó a romper con las aristas del lienzo, pintando sus esquinas con un marco falso)

Madrazo juega con el fondo oscuro del cuadro, un retrato poco frecuente en los ambientes madrileños del momento, facilitando con la pose natural que destaque aún más la blancura de la piel de la mujer: la mano que apenas roza el óvalo de la cara, la otra sujetando como si nada un abanico, la mirada fija en el espectador y una sonrisa encantadora. 

Es muy posible que la estrecha amistad que había entre los dos, ambos en la treintena en el momento del cuadro, favoreciera la sencillez y complicidad de la obra. Federico Madrazo se aleja de la retratística de la Corte española del momento, más afín a tomar distancias entre retratado y espectador; la sensualidad de esta mujer y la atmósfera del cuadro recuerda al estilo de Ingres, pintor amigo de la familia Madrazo.

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  • Esta obra, en el Museo del Prado (Madrid), aquí.